Egipto avanza a octavos tras vencer a Australia en penaltis
Egipto ya está en los octavos de final del World Cup. No fue por la vía brillante ni por la cómoda, sino por la más cruel y despiadada que ofrece este torneo: una tanda de penaltis en la que Australia se desplomó y los faraones, esta vez sí, no temblaron. 1-1 tras la prórroga y 4-2 desde los once metros en un estadio de Dallas que pasó del murmullo a la descarga eléctrica en cuestión de segundos.
Durante 120 minutos, el partido fue un ejercicio de resistencia emocional. De golpes, respuestas y cicatrices.
Un aviso al larguero y un cabezazo que cambia el guion
El encuentro arrancó con un latigazo que pudo haber cambiado la noche. A los cinco minutos, Cristian Volpato se perfiló desde la media distancia y soltó un disparo que rozó el larguero. Un suspiro. Un recordatorio de que Australia no había venido a especular.
Ese susto despertó a Egipto, que empezó a mandar con balón y a instalarse en campo rival. La recompensa llegó pronto. Minuto 13: centro al segundo palo, Emam Ashour aparece completamente solo y, con un cabezazo limpio, cruza el balón para poner el 1-0. Un gol sencillo en apariencia, demoledor en efecto. Australia quedó tocada, sin respuestas claras, mientras los africanos ganaban metros y confianza.
Zico tuvo su momento poco después, filtrado al espacio y definiendo desviado, aunque la jugada quedó invalidada por fuera de juego. Era una advertencia más de que la defensa egipcia no podía relajarse ni un segundo, pese a la sensación de control.
Egipto perdona y paga el precio
Nada más arrancar la segunda parte, el partido pudo quedar sentenciado. Omar Marmoush se plantó con todo a favor y cruzó el disparo… fuera. Un mano a mano que pedía red y que terminó en lamento. Esa ocasión fallada cambió la atmósfera. No de inmediato, pero sí sembró la duda.
El castigo llegó al minuto 55, de la forma más cruel para un defensa. Centro al área, balón desviado y Mohamed Hany, en su intento de despejar, roza la pelota lo justo para que se cuele en su propia portería. 1-1. Australia, de golpe, de vuelta al partido sin haber generado demasiado. Egipto, obligado a resetear con el recuerdo reciente de otras noches de frustración en grandes citas.
El tanto en contra descolocó a los de Rui Vitória, que perdieron claridad en campo rival. El partido se abrió, más por nervios que por fútbol. Y cuando el reloj ya se estiraba hacia el minuto 90, apareció un protagonista inesperado: Patrick Beach.
En el 90+4, Ramy Rabia conectó un cabezazo que olía a gol y a clasificación directa. Beach voló y sacó una mano espectacular para desviar el balón por encima del larguero. Una parada de portero grande en escenario grande. Esa intervención empujó el partido a la prórroga y dio a Australia una vida que, a la larga, no supo aprovechar.
Salah despierta, pero el destino se guarda la última palabra
La prórroga tuvo un dueño claro: Mohamed Salah. El capitán, hasta entonces contenido, empezó a recibir entre líneas, a girarse, a encarar. Cada balón que tocaba levantaba al público. Faltó el último toque, la definición, el pase final. Faltó, en definitiva, el gol.
Egipto acumuló presencia, Australia resistió como pudo, amparada en el orden y en la fe de llegar a los penaltis. El reloj quemó los minutos extra sin más sobresaltos decisivos. El desenlace, inevitable: otra tanda para una selección egipcia que arrastraba cuatro tandas consecutivas perdidas. Un peso histórico sobre los hombros.
Y entonces llegó el movimiento que encendió todas las alarmas en el banquillo africano: en el minuto 119, Tony Popovic retiró a Beach y dio entrada a Mat Ryan. Portero de mil batallas, especialista en escenarios límite. El mensaje era claro: Australia se sentía fuerte desde los once metros. Egipto, con su pasado reciente, tenía motivos para temer.
La tanda que lo cambia todo
El primer penalti marcó el tono. Harry Souttar tomó carrera y mandó el balón por encima del larguero. Un zaguero, un disparo descontrolado, un error que pesó como plomo desde el inicio.
Del otro lado, Egipto no falló. Cuatro lanzamientos, cuatro dianas. Sin alardes, sin dudas. Salah, fiel a su carácter, se reservó un gesto de líder. Panenka. Toque sutil, balón por el centro, Ryan vencido a un lado. El capitán eligió la opción más arriesgada en el momento más tenso. Entró. Y con ese detalle, contagió calma a los suyos.
Australia se mantenía con vida gracias a sus aciertos, pero la presión crecía a cada paso. Tras cinco penaltis convertidos entre ambos equipos, llegó Lucas Herrington. Necesitaba marcar para seguir respirando. El balón se estrelló en el larguero. Otra vez el metal, esta vez como sentencia.
Quedaba la firma final. Abdelmaguid se plantó frente a Ryan, miró, golpeó y lo engañó por completo. Balón a un lado, portero al otro. Egipto rompía su maldición en las tandas y se metía en los octavos de final. Australia, al suelo, eliminada con la sensación de haber competido, pero sin premio.
Egipto mira hacia Messi… o hacia la historia
El triunfo en Dallas no solo vale un billete a la siguiente ronda. Tiene un peso simbólico enorme para un grupo que cargaba con cicatrices recientes desde los once metros. Esta vez, el relato cambió: sangre fría, jerarquía y un capitán que asumió el foco cuando más quemaba.
Ahora espera Argentina o Cape Verde. En el horizonte, la posibilidad de un duelo con Lionel Messi en el que Mohamed Salah volvería a cargar con el foco del mundo. Un escenario que el propio capitán egipcio ya mira con respeto, pero sin miedo.
Egipto llega a octavos tras sufrir, sobrevivir y ganar donde antes se derrumbaba. En un World Cup que no perdona, esa es a veces la diferencia entre irse a casa o seguir soñando.





