Chelsea se despide de Europa tras una temporada decepcionante
La temporada de los Blues se apagó en silencio, lejos de las noches europeas y de cualquier celebración. La derrota por 2-1 en el campo del Sunderland, este domingo, selló un décimo puesto en la Premier League y la confirmación de que el próximo curso no habrá competiciones europeas en el calendario.
Para Calum McFarlane, técnico interino en este tramo final, fue un cierre amargo. Quería despedirse con una victoria, con un mensaje de gratitud a una afición que se mantuvo firme incluso cuando el equipo se tambaleaba. Quería regalarles Europa. Se quedó en una promesa rota.
“Estamos tan decepcionados como ellos. Estamos destrozados por no haber podido hacerlo por ellos, han estado brillantes este año”, reconoció el entrenador, sin esconderse. No había excusas, solo frustración compartida.
El equipo llegó a la última jornada obligado a ganar y a esperar resultados. No consiguió ni lo primero. Y esa es la herida que más escuece dentro del vestuario. “Nos han apoyado de verdad, sobre todo en las últimas semanas, cuando necesitábamos ganar partidos. Sentimos su presencia y, por desgracia, les hemos fallado. No fuimos capaces de ofrecer la actuación que merecen”, admitió McFarlane.
El golpe final no borra, sin embargo, algunos picos de rendimiento que sostienen la esperanza. Bajo su mando, el equipo compitió en escenarios grandes y hostiles. El 1-1 en Anfield ante el Liverpool, en plena persecución de objetivos, dejó la sensación de que este grupo, cuando se conecta, puede morder a cualquiera. Lo mismo ocurrió en Wembley, en la ajustada derrota ante el Manchester City en la final de la FA Cup, un partido en el que los Blues se quedaron a un detalle de cambiar la historia reciente del club.
Esos partidos son el espejo en el que McFarlane quiere que el vestuario se mire. Ahí ve el techo real de la plantilla. “Creo que este grupo ha demostrado que, cuando está a su mejor nivel, cuando estamos en el lugar adecuado, podemos competir con cualquiera en Europa”, subrayó. La frase no suena a consuelo, sino a exigencia. Porque lo que faltó fue continuidad. “Lo han demostrado esta temporada, pero no se ha visto lo suficiente a lo largo del año. Y, desde luego, no se ha visto lo suficiente en la segunda parte de la temporada”.
Ahí está el diagnóstico: calidad, pero a fogonazos. Destellos, pero no un foco constante. “Tenemos jugadores de mucha calidad. Llega un nuevo entrenador, con una reputación brillante en el juego, y aun así se han visto chispazos en el último mes de lo que este grupo puede hacer. Liverpool fuera, Man City en la FA Cup… pueden competir con cualquiera. Es cuestión de hacerlo de forma más consistente”.
La palabra clave es esa: consistencia. Lo que separa a un buen equipo de uno verdaderamente grande. Lo que, esta temporada, ha marcado la línea entre Europa y el vacío.
Mientras el club digiere el golpe de quedarse fuera del escaparate continental, la mirada ya apunta a julio. Ahí entra en escena Xabi Alonso, que asumirá el banquillo del Chelsea al inicio del mes. Su nombre, su trayectoria y su idea de juego han generado una mezcla de expectación y responsabilidad dentro del vestuario. McFarlane, que ha convivido de cerca con el grupo en estos 31 días al frente, percibe un terreno fértil para el nuevo proyecto.
“He disfrutado trabajando con este grupo, con los jugadores, y ellos han mostrado mucho respeto hacia nuestro cuerpo técnico en estos 31 días”, explicó. No es un detalle menor: en un periodo convulso, el vestuario respondió. Quizá tarde, quizá a rachas, pero respondió.
Ahora llega el turno de Alonso. “Tengo muchas ganas de trabajar con los jugadores y Xabi es un entrenador top, con una gran reputación. Fue un jugador top, un jugador de élite al máximo nivel, así que tengo muchas ganas de ver lo que aporta a este club”, apuntó McFarlane.
La temporada termina sin Europa, sin final feliz, sin redención en la última jornada. Pero no termina en ruinas. Entre el empate en Anfield, la resistencia en Wembley y la llegada de un técnico con peso propio, el club se asoma a un verano decisivo: o convierte esos destellos en una identidad reconocible, o volverá a mirar la próxima campaña al fútbol europeo desde el sofá.






