Brasil se transforma en el Mundial: el impacto de Matheus Cunha
El Mundial empieza a enseñar su verdadero rostro. Brasil, también. Y, esta vez, con una sensación poco habitual: el equipo de Carlo Ancelotti parece haber encontrado su mejor versión justo cuando la competición se vuelve cruel.
Tras una fase de grupos en la que la selección fue creciendo partido a partido, el vestuario viaja a los octavos de final con algo más que optimismo. Viaja con una idea clara, un once reconocible y una pieza que ha cambiado el dibujo del ataque: Matheus Cunha.
Cunha, el ‘nueve y medio’ que rompe el molde
En Brasil, la camiseta de delantero centro pesa como pocas en el mundo. La sombra de Ronaldo, Adriano o Romário se proyecta sobre cualquiera que se atreva a ocuparla. El público espera un “nueve” clásico, de área, de último toque. Cunha no es eso. Y ahí está precisamente la fuerza de esta nueva Brasil.
Es un ‘nueve y medio’. Puede jugar de referencia, pero también bajar unos metros, aparecer entre líneas, asociarse como un ‘10’ y crear para los demás. No es un enganche puro, porque tiene gol —lleva ya tres en este Mundial—, pero tampoco es el tanque que fija centrales y vive del centro lateral. Es otra cosa.
Algo que, quizá, la selección nunca había tenido en esa zona del campo.
Su manera de entender el juego recuerda por momentos a Roberto Firmino en sus mejores días en Liverpool: movimientos constantes, descensos al mediocampo, dudas sembradas en el marcador directo. ¿Le sigue el central y abre un boquete a su espalda para Vinicius Jr y Rayan? ¿O se queda atrás y permite que Cunha reciba libre entre líneas, con tiempo para girarse, filtrar un pase o armar el disparo?
Sea cual sea la elección del defensa, Brasil encuentra una ventaja.
Lo más llamativo es que Cunha parece disfrutar de ese rol híbrido. Acepta la parte ingrata del trabajo: iniciar la presión, bajar casi a la altura de un mediocentro para tapar líneas de pase, dar el primer paso del bloque defensivo. Esa implicación le ha dado equilibrio al ataque. Y, de rebote, le ha dado a Ancelotti una estructura.
De la duda en el ‘9’ a una respuesta inesperada
Brasil llegó a este Mundial con una rareza histórica: sin un nueve titular indiscutible. Hasta el amistoso ante Escocia, nadie sabía realmente quién mandaba en el centro del ataque.
Ni siquiera Ancelotti tenía la respuesta. Probó a Cunha, Igor Thiago, Endrick, Joao Pedro, Richarlison. Ninguno se adueñó del puesto de inmediato. El técnico fue moviendo piezas, buscando una sociedad que encajara.
Las lesiones, a veces, deciden por el entrenador. Raphinha, jugador talentoso pero de movimientos muy libres, empezó como mediapunta ante Marruecos y es capaz de aparecer en cualquiera de las bandas. Su lesión de isquiotibiales cambió el tablero.
Entró Rayan. Y con él, un perfil distinto: extremo más fijo, más de banda, menos de vagar por todo el frente de ataque.
Con Vinicius Jr clavado en la izquierda y Rayan ocupando el carril derecho, el centro del ataque se abrió como una autopista para Cunha. Mucho espacio, muchas recepciones sin marca, libertad total para moverse a su antojo entre centrales y mediocentros rivales. Un escenario perfecto para su fútbol.
Eso no significa que el debate esté cerrado. Igor Thiago ofrece otra cosa: más centímetros, más choque, un punto de referencia alta para cuando Brasil necesite colgar balones o fijar a los centrales en partidos trabados. La diferencia es que ahora Ancelotti elige desde la abundancia, no desde la incertidumbre.
En Brasil, cada vez más voces señalan a Cunha como la solución. Y la sensación es clara: los rivales ya lo han estudiado, pero su inteligencia táctica hará que no resulte fácil neutralizarlo.
El Brasil de Ancelotti: menos balón, más control
La mano de Ancelotti se ve en algo que rompe con muchos tópicos de la selección: este Brasil no necesita monopolizar la posesión para mandar en un partido. No le incomoda ceder la pelota.
Contra Escocia, el plan fue diáfano: entregar el balón, orientar al rival hacia donde interesaba y morder en el momento justo. El primer gol nació así. El segundo, anulado de forma muy discutible, también. No fue casualidad. Ya se habían visto patrones similares en los amistosos de preparación ante Panamá y Egipto.
Brasil no tenía la pelota, pero tenía el control. Marcaba el ritmo, el lugar y el momento del error ajeno. La presión no era un recurso desesperado, sino una trampa preparada.
En un fútbol obsesionado con las etiquetas —equipo de posesión, equipo de contragolpe, bloque alto, bloque bajo—, la selección de Ancelotti se define por lo contrario: adaptarse. Leer al rival, leer el instante. Cambiar de piel según el contexto.
Con futbolistas tan versátiles, la pregunta es lógica: ¿por qué no hacerlo?
Un Brasil nuevo, sin laterales “voladores”
El cambio de identidad también se ve en la banda. Este es el primer Mundial en mucho tiempo en el que Brasil no vive de laterales que se pasan el partido atacando. No hay un Roberto Carlos, un Cafu, un Maicon, un Marcelo, un Dani Alves entrando por sorpresa, pisando área, rompiendo por fuera una y otra vez.
Con Douglas Santos y Roger Ibanez o Danilo, las subidas son más medidas. Menos estruendo, más contención. Eso permite algo clave: Vinicius Jr puede permanecer más alto, más fresco, más cerca del uno contra uno que tanto teme cualquier defensa.
La línea de cuatro atrás transmite solidez. Y, delante de ella, el mediocampo por fin encontró equilibrio.
En el debut ante Marruecos, Casemiro quedó demasiado expuesto. Solo en el centro, obligado a abarcar un terreno imposible a sus 34 años. Las críticas cayeron sobre él, pero el problema estaba en el sistema, no en el jugador.
La respuesta fue táctica: del 4-2-3-1 inicial a un 4-3-3 más compensado. Si Bruno Guimarães se suelta y pisa campo rival, Lucas Paquetá se queda cerca de Casemiro. El veterano ya no defiende el mundo entero en solitario. La estructura lo protege.
Ante Haití y Escocia, el cambio se notó. Menos espacios a la espalda, menos carreras a destiempo, más control de las transiciones. Y eso será vital ante Japón, un equipo mucho más fluido, rápido y peligroso que los dos anteriores.
Japón en el horizonte y un país que vuelve a sonreír
Los números acompañan el discurso: un solo gol encajado, siete a favor. Pero en Brasil las estadísticas son solo una parte de la historia. Lo que realmente importa es ganar. Ganar y convencer.
Antes del estreno, el ambiente estaba cargado de ansiedad. Después del primer partido, la preocupación se disparó. Tres encuentros más tarde, el clima ha cambiado por completo: ilusión, expectativa, una sensación de que el equipo llega en el momento justo al tramo en el que no hay red.
Japón será un examen serio. Un rival incómodo, con movilidad, con variantes. Un partido para comprobar si este Brasil que se permite ceder la pelota, que protege a Casemiro, que libera a Vinicius Jr y que gira alrededor de un ‘nueve y medio’ llamado Matheus Cunha, está realmente preparado para pelear por todo.
El Mundial se estrecha. Los márgenes se reducen. Y la pregunta ya no es si Brasil tiene nombres. La pregunta es si este nuevo Brasil, más pragmático, más camaleónico, será el que por fin devuelva la Copa al país que vive el fútbol como nadie.





