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Arne Slot y su difícil segundo año en Liverpool

El último partido de la temporada en Anfield suele oler a celebración, a vuelta de honor y fotos con trofeos. Este domingo, ante Brentford, el ambiente será muy distinto. No habrá plata que exhibir ni título que festejar. Habrá, más bien, un veredicto silencioso sobre el segundo año de Arne Slot al mando de Liverpool.

Un curso duro. Crudo, incluso. Quinto en la tabla, fuera de la pelea por los grandes honores y con la sensación de haber perdido el pulso en los momentos clave. Eso, apenas doce meses después de haber llevado al club a su segundo título de Premier League en su primera campaña en Inglaterra.

De De Kuip a Anfield: el eco de un himno

Slot llegó a Liverpool envuelto en emoción. En su despedida de Feyenoord, el técnico recorrió el césped de De Kuip entre una ovación cerrada. El equipo había terminado segundo en la Eredivisie tras haber sido campeón el año anterior, pero la grada no miró la clasificación. Miró al hombre.

Mientras Slot saludaba, el estadio rompió en un ‘You’ll Never Walk Alone’ que sonó a agradecimiento y a bendición. El himno de Liverpool, también himno de Feyenoord, se convirtió en puente entre Rotterdam y Anfield. Para entonces, ya se sabía que el neerlandés sería el sustituto de Jürgen Klopp.

Cuando pisó por primera vez el banquillo local de Anfield, Slot ya conocía cada verso de esa canción. Esa familiaridad pareció allanar el aterrizaje: el equipo voló, el fútbol fluyó y el título de Premier coronó un estreno casi perfecto. Todo parecía encajar.

El síndrome del segundo año

Luego llegó la realidad del segundo curso. Lesiones, baches de juego, dudas tácticas y un tramo otoñal demoledor: seis derrotas en siete partidos que encendieron todas las alarmas. Hubo quien no veía al técnico llegando vivo a mayo.

La directiva, sin embargo, no se movió. Aguantó la presión, los debates, el ruido. Apostó por Slot a largo plazo, incluso cuando la clasificación se torcía y el equipo se alejaba de la pelea por el título. Ese respaldo marcará el tono de este fin de semana.

Anfield no vivirá una fiesta como la de hace un año, cuando Slot, eufórico, se atrevió a entonar la canción de Klopp al micrófono mientras el vestuario lo bañaba en champán y la grada cantaba con él. Nadie espera esa escena ahora. Pero el estadio sí puede ofrecer algo igual de valioso para un entrenador en apuros: convicción.

El papel de la grada y el adiós de un rey

El Kop, acostumbrado a dictar sentencia con su atmósfera, encara un doble desafío. Despedir como merece a Mohamed Salah, el hombre que ha marcado una era reciente del club, y a la vez sostener a un entrenador que ha sufrido pero al que el club quiere dar una segunda oportunidad.

Salah ya ha dejado claras sus sensaciones sobre Slot antes del que se perfila como su último partido con la camiseta de Liverpool. La opinión de una leyenda pesa, y en este caso no choca con la idea de continuidad del banquillo. El egipcio, figura totémica, tiene derecho a un adiós a la altura de su legado. Slot, campeón de liga en su primer intento, también se ha ganado, al menos, el crédito de un nuevo comienzo.

El domingo, cuando suene otra vez ‘You’ll Never Walk Alone’, el técnico neerlandés volverá a ese punto de partida que conoció en Rotterdam. Entonces se marchaba con una ovación. Ahora se queda, con una temporada difícil a la espalda y otra por construir.

La pregunta no es si Anfield sabrá cantar. Eso está garantizado. La cuestión es si ese canto servirá como despedida a un rey y como juramento de fe hacia un entrenador que todavía quiere escribir su verdadera historia en Liverpool.