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El torneo de los imposibles: partidos y héroes inolvidables

Hubo goleadas, exhibiciones y paseos. Pero el partido que partió el torneo en dos fue uno que terminó 1-1.

Partidos que marcaron el Mundial

Paraguay 1-1 Germany, en los últimos 32, fue el tipo de encuentro que reescribe mitos. Alemania no está programada para perder en penaltis. Esta vez se derrumbó a lo grande. La tanda fue un ejercicio de tensión pura, un goteo de nervios en el que cada lanzamiento parecía un juicio final. Ningún otro duelo con más goles se acercó a ese nivel de drama.

En el otro extremo del espectro estuvo Algeria 3-3 Austria, un delirio colectivo. Se presentaba como biscotto anunciado: un empate que clasificaba a ambos, un trámite casi burocrático. Durante buena parte de la segunda parte, el guion se cumplía. Hasta que, en el descuento, el partido estalló en caos. Goles, desconcierto, un aire de irrealidad. Hubo choques mejores en calidad, quizá alguno más dramático. Ninguno más extraño.

La mística la puso Mexico 2-3 England en el Azteca. Desde el momento en que el sorteo los emparejó, el encuentro se convirtió en cita subrayada en rojo. El estadio, monumental, respondió. El partido, también: una batalla tensa, eléctrica, con la sensación constante de que cualquier error sería definitivo. Fue un punto máximo para la selección inglesa, un recuerdo que resistirá incluso a las decepciones posteriores.

El torneo dejó otros duelos de locura. France 4-6 England rozó lo caricaturesco por el marcador, una montaña rusa que desafiaba la lógica defensiva. En Seattle, Egypt 1-1 Iran se decidió en los márgenes: un gol anulado en el descuento, dos disparos iraníes al palo en los últimos minutos. El empate, insuficiente, dejó fuera a una Irán invicta y llena de obstáculos extradeportivos. Una eliminación cruel.

Argentina firmó dos de los partidos más salvajes del campeonato. El 3-2 ante Egypt en octavos fue una resurrección en directo: los campeones, dos goles abajo, con la mente ya en el vuelo de vuelta, hasta que apareció Lionel Messi para encender la remontada y darle la vuelta al marcador en el tiempo reglamentario. Más tarde, el 3-2 contra Cape Verde mezcló incredulidad y asombro, con Sidny Lopes Cabral dejando una obra de arte que quedará en la memoria del Mundial.

Hubo encuentros que nadie quería jugar, como ese England 1-2 Argentina que evocaba una familiaridad incómoda, casi inevitable, con la historia reciente entre ambos. Y hubo joyas inesperadas: Cape Verde 2-2 Uruguay en Miami, un partido que ganó adeptos por la actitud y disciplina de los debutantes africanos, un equipo que convirtió cada minuto en un disfrute.

Entre más de cien partidos, muchos periodistas regresan una y otra vez al mismo lugar: el Azteca. Mexico 2-3 England se repite en las respuestas, incluso para quienes solo lo vivieron por televisión. Un partido “como beber cortisol puro”, imágenes que se grabaron a fuego en la retina, puro cine para el aficionado inglés. Otros se quedan con la imprevisibilidad de Mexico v England, con la épica de Argentina v Cape Verde, o con la crudeza emocional de England 1-2 Argentina. Pero cuando se pide elegir, Argentina 3-2 Egypt y Argentina 3-2 Cape Verde aparecen como sentencias firmes: “no hay debate”, dicen algunos. Drama, posibilidad de sorpresa, Messi, goles, polémica arbitral. ¿Qué más se puede pedir?

El dueño del torneo: el reinado de Rodri

En un Mundial en el que las grandes estrellas brillaron pero no terminaron de coronarse, un nombre se impuso por encima del resto: Rodri.

El mediocentro de Spain fue el faro del campeón. Dominó los ritmos, dio equilibrio, impuso su ley en cada zona del campo. Para muchos, no hay discusión: fue el mejor jugador del mejor equipo. Recuperó su versión más dominante, instalado en el corazón de una selección que volvió a su esencia de posesión y control. Un capitán total: “capitán, líder, leyenda”, resumen algunos.

Hubo otros nombres propios. Kylian Mbappé se llevó la Bota de Oro, inflada por aquel tercer puesto desatado, pero su influencia en una France que parecía la más fuerte hasta caer ante Spain en semifinales fue indiscutible. Lionel Messi, una vez más, arrastró a Argentina al borde del abismo y de la gloria, dejando remontadas y récords que convirtieron los primeros partidos de la Albiceleste en auténticas peregrinaciones masivas.

Erling Haaland salió del Mundial con un botín poderoso: una campaña corta pero creíble por la Bota de Oro, la primera presencia de Norway en unos cuartos de final y un impulso de popularidad enorme en el mercado norteamericano. Jude Bellingham fue columna vertebral para el England de Thomas Tuchel, hasta el punto de que hoy parece increíble que alguien cuestionara su convocatoria. Michael Olise maravilló, aunque dejó la sensación de que pudo irse con un hat-trick ante los ingleses.

El torneo también consagró historias improbables. Vozinha, el portero de Cape Verde, a los 40 años y sin club, se convirtió en símbolo. Sus paradas, su liderazgo y el contexto –debut mundialista de su selección, rivales de pedigrí– construyeron un cuento de hadas que no necesitó eslóganes de marketing. Para muchos, fue el jugador del torneo por pura narrativa y rendimiento. Pau Cubarsí irrumpió como una de las grandes apariciones jóvenes. Dani Olmo dejó actuaciones de gran nivel. Y Roberto “Pico” Lopes se ganó un lugar de culto, sacrificando el cuerpo por Cape Verde y reforzando su condición de leyenda para Shamrock Rovers y la selección de su padre.

Al final, casi todos los caminos llevan al mismo punto: Rodri. En esos instantes en que un partido se inclina, cuando hay que resistir la presión, corregir en transición o ganar un balón dividido que lo cambia todo, nadie mostró tanta calidad con tanta constancia. Una frase se repite con resignación en Inglaterra: “si tan solo tuvieran un jugador como el capitán de Spain”.

El gol que detuvo el tiempo

En un Mundial con decenas de dianas memorables, hubo un disparo que eclipsó al resto. Sidny Lopes Cabral, lateral reconvertido en extremo de Cape Verde, armó la pierna ante Argentina y el balón salió disparado hacia la eternidad.

Su igualador ante la Albiceleste fue algo más que un gol. Fue un grito. Un misil de larga distancia, imposible de domar, que se coló entre el vuelo de Emi Martínez y el palo lejano, en plena prórroga de una eliminatoria. Un momento que dejó bocas abiertas y cuerpos congelados. La reacción del propio Cabral lo dijo todo: manos a la cabeza, incredulidad, y luego la carrera para encontrar a su pareja en la grada y compartir con ella la celebración. Una imagen de Mundial.

No fue el único gesto de genio. Eldor Shomurodov, de Uzbekistan, dejó un globo instintivo desde un ángulo cerrado ante Democratic Republic of the Congo, un toque extraño y satisfactorio que no se pareció a nada más en el torneo. Julián Álvarez, discreto durante buena parte del campeonato, soltó un latigazo lejano en la prórroga ante Switzerland, un disparo que se retorció en el aire y encendió un estadio hirviente en Kansas City.

Kerim Alajbegovic, joya adolescente de Bosnia and Herzegovina, reforzó su reputación eliminando defensas y rematando, desequilibrado, desde fuera del área ante Qatar. Johan Manzambi firmó una conducción y un pase previos al gol de Breel Embolo frente a Algeria que merecieron aplausos por sí solos. Wilson Isidor, con Haiti, clavó un disparo lejano ante Morocco que algunos colocan entre los mejores goles jamás vistos en un Mundial, aunque el resultado final no le hiciera justicia.

Harry Kane dejó una obra de precisión en su segundo tanto ante Democratic Republic of the Congo. Haaland, en su segundo gol contra Brazil, colocó el balón en la base del poste desde fuera del área, una síntesis de su eficacia: potencia, exactitud y un punto de desenfado. Incluso un tanto anulado –un zapatazo a la escuadra de un jugador de Uzbekistan– se ganó un rincón en la memoria, pese a no subir al marcador.

Pero cuando se pregunta por el gol del torneo, las respuestas vuelven una y otra vez al mismo nombre: Sidny Lopes Cabral. No solo por la belleza del golpeo. También por el contexto, por el silencio previo, por el rugido posterior. Por esa sensación de estar viendo algo irrepetible.

Instantes personales que explican un Mundial

Más allá de los grandes focos, el torneo se construyó también en pequeños momentos.

En un partido entre Curaçao y Ecuador, Eloy Room firmó una actuación histórica: récord de paradas en 90 minutos en un Mundial. A sus 37 años, disfrutó de un foco tardío que culminó en una broma que sonó a reivindicación: “creo que ahora necesito una estatua en Curaçao”.

Los estadios, normalmente blindados, se abrieron tras los últimos partidos a quienes sostienen el torneo sin aparecer en los titulares: empleados de mantenimiento, voluntarios, personal de seguridad, trabajadores de bajo rango de Fifa, representantes de clubes locales. Pisaron el césped, se hicieron fotos, improvisaron pachangas. Una recompensa silenciosa tras semanas de estrés.

El Azteca volvió a ser un santuario. Mexico–Ecuador dejó un ruido ensordecedor, una marea de celebración que se alargó hasta la madrugada. Más tarde, Messi rompió récords goleadores ante Austria en Dallas, en noches que hoy parecen lejanas pero que, en su momento, se vivieron como peregrinaciones masivas hacia la figura del argentino. Monterrey ofreció vistas que muchos ya recomiendan como destino obligatorio.

Hubo escenas mínimas y memorables: periodistas senegaleses compartiendo galletas durante el himno antes de la caída de su selección ante Belgium; un partido informal de ocho contra ocho con Danny Cipriani, exjugador de rugby que entrenó con Tottenham y compartió sesiones con Harry Kane. En Foxborough, los jugadores de Scotland salieron a calentar al son de gaitas con “Scotland the Brave” tras 28 años sin Mundial. Lo que vino después, mejor olvidarlo, pero ese instante de regreso valió por sí solo.

Cape Verde volvió a colarse en el relato íntimo del torneo. La madre de Vozinha, contra todo pronóstico, viajó desde el archipiélago para ver a su hijo en un Mundial. La imagen de ambos se convirtió en una de las postales más humanas del campeonato. Roberto “Pico” Lopes, irlandés de nacimiento, se dejó el cuerpo por la selección de su padre, alimentando el sueño –difícil, por edad– de un último gran contrato en una liga potente, mientras consolida su estatus de leyenda para Shamrock Rovers y Cape Verde.

El Mundial también dejó estampas surrealistas: explicarle a un mariachi con sombrero gigante cómo podía clasificarse una selección quedando tercera; ver pasar la caravana de Spain desde la misma ventana desde la que Lee Harvey Oswald disparó a JFK; compartir cumpleaños con Martin Ainstein y Luis de la Fuente. O quedar atrapado hasta las rodillas en inundaciones en Monterrey esperando un autobús, tras haber ido solo a recuperar un iPad que acabaría perdiéndose en Houston una semana más tarde.

En el plano deportivo, Australia vivió un pico emocional cuando Nestory Irankunda, tras marcar ante Turkey, imitó la celebración de Tim Cahill, en una especie de ceremonia de traspaso generacional. England firmó en el Azteca lo que muchos consideran su mejor victoria a domicilio: 2-3 a Mexico, tormenta eléctrica que retrasó el inicio, exhibición de Bellingham, agotamiento generalizado al final. Un triunfo que, aunque el torneo acabara mal para los ingleses, quedará como una noche épica.

En paralelo, el Mundial transformó el paisaje social en Norteamérica. En ciudades anfitrionas de Estados Unidos, el interés por el fútbol se volvió omnipresente, un respiro en un clima político enrarecido. Resultaba casi imposible pasar un par de horas sin que algún desconocido entablara conversación sobre el torneo. Una señal de que algo se ha movido en la cultura deportiva del país.

Los anfitriones bajo la lupa

El Mundial repartido entre United States, Mexico y Canada dejó una sensación clara: el planeta fútbol se hizo más grande, más disperso, más difícil de abarcar.

En Estados Unidos, la respuesta popular sorprendió a muchos. El país abrazó el torneo como un gran acontecimiento nacional. La gente se volcó, la curiosidad se convirtió en pasión en cuestión de días. La infraestructura, en cambio, puso a prueba la resistencia de todos: viajes interminables entre sedes, estadios alejados de los centros urbanos, desplazamientos que se hacían eternos. Más de uno se quedó con la idea de que una final en Ciudad de México o en el estadio del centro de Atlanta habría tenido más alma.

La calidez del trato, sin embargo, fue casi unánime. De Houston a Kansas City, de Toronto a Boston, la gente se esforzó en mostrar su mejor cara y en dejar claro que ciertas decisiones políticas no les representaban. A veces, eso sí, con la insistencia del sistema de propinas como telón de fondo y con la sensación de que se esperaba que todos estuvieran encantados de estar allí, aunque los motivos fueran otros.

En lo deportivo, el balance de los anfitriones fue irregular. La selección estadounidense ofreció por momentos el fútbol más vistoso que se le ha visto jamás, pero se quedó con la sensación amarga de una oportunidad perdida ante Belgium y con la evidencia de que necesita una nueva estructura de desarrollo y un seleccionador con una visión más ambiciosa. Mexico, con una cultura futbolera fervorosa, vivió un arranque arrollador en el Grupo A, arrolló a Ecuador y llevó al límite a England antes de quedarse sin ideas en la última media hora. Canada, con Jesse Marsch como técnico y animador, firmó actuaciones vibrantes, como el 6-0 a Qatar en BC Place, y se afianzó como nación futbolística en toda regla.

No todo fue positivo. El intento de la administración estadounidense, con la connivencia de Fifa, de alterar el curso del torneo con el indulto a Folarin Balogun dejó un regusto amargo. La decisión de que Fifa asumiera el control directo de la organización, sin un comité local fuerte, se interpretó como una advertencia para futuros campeonatos.

En Mexico, la pasión fue total, incluso cuando la selección local cayó ante England. La hospitalidad, intachable. En Canada, ciudades como Vancouver y Toronto se mostraron como anfitrionas ideales, con estadios céntricos y tradición futbolera. En Estados Unidos, urbes como Dallas o San Francisco acogieron el Mundial como una novedad más en su calendario, sin llegar a abrazarlo del todo. La falta de transporte público en muchas zonas, especialmente en Florida, y el tráfico caótico en lugares como Boston completaron el cuadro.

El resultado final fue un Mundial gigantesco, disperso, lleno de historias cruzadas. Un torneo que no admite una sola etiqueta. Uno de esos campeonatos que, con el tiempo, se recordarán menos por un solo campeón y más por una pregunta: ¿cuándo volveremos a ver algo tan grande, tan extraño y tan humano a la vez?

El torneo de los imposibles: partidos y héroes inolvidables