Mbappé lidera a Francia en cuartos tras vencer a Paraguay
En Filadelfia no se jugó solo un partido. Se sobrevivió a él. Bajo un calor asfixiante, con 39 grados cayendo a plomo y el aire convertido en plomo derretido, Francia tuvo que bajar al barro, aceptar la pelea cuerpo a cuerpo que propuso Paraguay y agarrarse a un penalti de Kylian Mbappé para sellar un 1-0 que sabe a cicatriz y a billete para los cuartos de final del Mundial, donde le espera Marruecos.
No hubo brillo. Hubo colmillo. Y un goleador que no perdona.
Francia se quita el esmoquin
El guion estaba claro desde el inicio. Paraguay plantó un 5-4-1 rocoso, líneas juntas, mirada desafiante y cero complejos. Francia, con Manu Koné entrando por el lesionado Aurelien Tchouameni junto a Adrien Rabiot, asumió el balón y el papel de favorita, pero entendió muy pronto que el partido no se iba a parecer en nada al 3-0 contra Suecia.
Mbappé lo resumió después con crudeza: sabían qué tipo de duelo les esperaba, que tocaba “ensuciarse las manos” y que, si había que jugar feo, también podían hacerlo. Nada de fracasar por estética.
Paraguay, herida histórica de aquel gol de oro de Laurent Blanc en 1998, se aferró a su plan mínimo: cerrar, cortar, enfriar, morder. Julio Enciso fue casi su único desahogo ofensivo, una chispa aislada en un equipo más preocupado por apagar el fuego ajeno que por encender el propio.
Francia chocó una y otra vez contra el muro. Rabiot probó desde media distancia. Koné se animó. Ousmane Dembélé buscó diagonales y centros. Todo se marchó desviado, bloqueado o diluido. Ni un solo disparo a puerta en toda la primera parte. Para un aspirante al título, eso no es solo un dato: es una advertencia.
Del tedio al golpe decisivo
Tras el descanso, el duelo dejó de ser solo un ejercicio de paciencia y empezó a parecer una cuenta atrás. El calor apretaba, las piernas pesaban y cada pérdida de balón de Francia alimentaba la fe paraguaya en la heroicidad.
Didier Deschamps movió ficha y dio entrada a Désiré Doué por Bradley Barcola. El cambio alteró la textura del ataque francés. Doué, más agresivo en la conducción, encaró, buscó espacios donde no los había y, sobre todo, se atrevió a meterse en la zona donde duelen las entradas.
La jugada clave llegó así. Doué se coló en el área, encaró a Diego Gómez y sintió el contacto. El paraguayo llegó tarde, el francés cayó. El árbitro Ilgiz Tantashev dejó correr unos segundos, pero el aviso del VAR le llevó a la pantalla. Revisión. Tensión. Y finalmente, penalti.
Ahí apareció Mbappé, como tantas veces. Minuto 70. Calor insoportable. Un partido encallado. Y él, frente a Orlando Gill. Carrera corta, mirada fija, golpe seco. Portero a un lado, balón al otro. Gol. El séptimo en este torneo, su decimonoveno en un Mundial, uno por cada partido jugado. Ya está a la altura de Lionel Messi en esta edición y a solo uno del argentino en la lista histórica.
El festejo no fue exuberante. Fue un rugido contenido, casi de alivio. Francia no había impuesto su fútbol, había impuesto su jerarquía.
Paraguay empuja hasta el último suspiro
El gol no cambió el plan paraguayo: lo endureció. El equipo sudamericano estiró líneas lo justo para buscar el empate, pero sin renunciar a ese punto de provocación que había marcado todo el duelo. Faltas tácticas, protestas, roces constantes, intentos de convertir cada balón dividido en un pequeño incendio.
Francia, que parecía tener el partido bajo control, sintió de repente el vértigo de un marcador corto. El tiempo se estiró. Las imprecisiones reaparecieron. Y por primera vez en la noche, Mike Maignan tuvo que justificar su presencia.
En el minuto 90, el guardameta francés realizó su primera parada del encuentro. Un disparo que no era especialmente brillante se convirtió en amenaza por el contexto: Paraguay volcado, cualquier rechace convertido en bomba. Maignan respondió firme, sin adornos, pero con la autoridad de quien sabe que un solo error puede borrar 89 minutos de dominio.
No fue el único susto. En el descuento, Francia pudo sentenciar y no lo hizo. Mbappé se plantó dos veces ante Gill y dos veces se topó con el portero paraguayo, enorme en el mano a mano, negando el segundo gol y manteniendo viva la esperanza de los suyos hasta el último centro colgado.
Los últimos instantes fueron un ejercicio de resistencia. Balones al área, choques, despejes sin mirar, el tipo de final que a un campeón no le gusta, pero que también hay que saber gestionar. Francia lo hizo a la manera menos glamourosa posible: sufriendo.
Camino a un viejo conocido
El pitido final no trajo euforia, sino alivio. No hubo goleada, no hubo exhibición. Hubo supervivencia. Y en un Mundial abrasado por el calor y por las sorpresas —con Alemania ya fuera a manos de Paraguay en otra edición y Cabo Verde rozando la gesta ante Argentina la víspera—, eso vale tanto como un recital.
Francia se cita ahora con Marruecos, en una reedición de la semifinal de hace cuatro años. Entonces, el equipo de Deschamps también tuvo que manejar un partido espeso, lleno de trampas tácticas y tensión emocional. El contexto no será el mismo, pero el mensaje de Filadelfia queda claro: este grupo sabe ganar cuando el partido se ensucia, cuando el rival le arrastra a un terreno incómodo.
Puede que no haya sido una noche para enmarcar en términos estéticos. Pero sí una de esas noches que construyen campeones. Y la pregunta, a partir de ahora, ya no es si Francia puede jugar mejor, sino cuántas veces más tendrá que sacar este lado implacable para llegar hasta el último día del torneo.





