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Inglaterra y su camino en la Copa del Mundo 2023

Las malas noticias para Inglaterra son sencillas de digerir pero imposibles de negar: lo más probable es que la Copa del Mundo no “vuelva a casa”. No esta vez. Las probabilidades dicen que es más factible ver a Inglaterra acabar cuarta tras caer ante Argentina y Francia que levantar el trofeo después de tumbar a Argentina y España.

Y, sin embargo, pase lo que pase esta noche en Atlanta frente a Argentina, ya estamos ante el segundo mejor Mundial masculino de Inglaterra en toda su historia. Eso es un hecho frío, estadístico, que no parece estar recibiendo el reconocimiento que merece.

Este grupo olía desde lejos al Mundial estándar de Inglaterra: una carrera que se atasca en cuartos, una eliminación algo decepcionante y la búsqueda urgente de un chivo expiatorio nacional al que colgarle todas las culpas mientras los “Brave Lions” regresan a casa con el discurso de siempre. No ha sido así. Han superado ese listón.

No ha sido un torneo impecable. No siempre han jugado bien. En ocasiones han sido planos, previsibles, espesos. Pero eso les ha pasado a todos. La diferencia es que, cuando se trata de Inglaterra, cada minuto mediocre se amplifica. Se revisa, se repite, se disecciona en cada tertulia. Si eres inglés en Inglaterra, o escocés en Escocia, o, para los más desafortunados, escocés en Inglaterra, todo se siente más ruidoso, más dramático, más abrasivo.

Conviene poner algo en contexto: Inglaterra no ha llegado a ser tan mala en ningún momento como lo fue España frente a Cabo Verde. Solo por momentos puntuales han alcanzado el nivel de desorden que mostró Francia durante una hora ante Senegal y, directamente, durante todo su semifinal. Y, sin embargo, el relato parece insistir en que Inglaterra ha ido caminando sobre el alambre mientras otros gigantes avanzaban con una autoridad que en realidad no ha existido.

Argentina, por ejemplo, ha disfrutado de un camino de eliminatorias bastante más amable que el de Inglaterra para plantarse en este cruce. Más recto, menos exigente, con menos trampas competitivas en el trayecto. El mérito inglés no está precisamente inflado por la fortuna del sorteo.

Solo una derrota realmente humillante ante Lionel Messi y compañía podría cambiar la etiqueta de este Mundial para Inglaterra. Y la historia reciente invita a pensar que eso no forma parte del repertorio inglés. No suelen perder de manera escandalosa en grandes torneos. No parece que vayan a inaugurar esa costumbre ahora.

Sí, han tenido derrotas embarazosas, golpes dolorosos ante rivales a los que, sobre el papel, deberían haber superado. Pero goleadas, palizas, noches en las que el marcador se convierte en una tortura interminable… casi nunca.

Si dejamos a un lado, como hace cualquier persona sensata, el partido por el tercer puesto —ese simulacro que ni es real ni debería dolerle a nadie—, Inglaterra solo ha perdido un partido de gran torneo por más de un gol desde 1988. Uno. En más de tres décadas.

Y aun en ese día negro, cuando Alemania les pasó por encima en octavos con una superioridad abrumadora, el descanso habría llegado con un 2-2 en el marcador de no ser por un error arbitral tan grosero que, en buena medida, abrió el camino hacia la obsesión tecnológica que todavía hoy domina el fútbol.

Es un registro impresionante si se mira con calma. Desde 1990, Inglaterra solo ha faltado a dos grandes torneos. No ha ganado ninguno de los 17 que ha disputado, esa es la herida que todo el mundo conoce. Pero solo una vez ha sido arrollada de verdad, solo una vez la eliminación fue una condena asumida mucho antes del pitido final.

Y aun así, no da la sensación de estar viviendo el segundo mejor Mundial masculino de Inglaterra. Casi nadie lo menciona. Casi nadie lo celebra. Sin embargo, objetivamente, lo es. Alcanzar una semifinal fuera de tu confederación tiene más valor que hacerlo en territorio “amigo”. Y este ya es, por definición, el Mundial en el que más lejos ha llegado Inglaterra fuera de Europa.

En todo este ruido, se cuela también la última dosis de “copium” escocés. No es un ataque gratuito: ver a tu selección caer cuatro veces en el mismo torneo duele, y mucho. Pero la lectura que se hace del sorteo y del camino de Inglaterra roza, por momentos, la caricatura.

Se insiste en que Escocia tuvo que medirse a dos grandes selecciones en la fase de grupos mientras Inglaterra no. Es cierto: cruzarse con Brasil y Marruecos en la primera fase no es precisamente un premio. Mala suerte de bombo. Pero ese es el destino de los equipos que parten desde los bombos bajos: te caen más gigantes en el grupo. Es matemática competitiva.

Los verdaderamente desafortunados entre los cabezas de serie son los que se topan con otro top-10 en la fase de grupos, como le ocurrió a Brasil. Lo normal es lo contrario: no cruzarte con otro monstruo de ese calibre. Y aquí viene el matiz que se suele olvidar: en el momento del sorteo, la selección situada en el puesto 10 del ranking FIFA era Croacia.

Panamá, por su parte, era —según ese mismo ranking que ahora muchos utilizan como arma arrojadiza para minimizar el camino de Inglaterra— el rival más duro posible del bombo tres. Solo estaba por detrás de Noruega, que por cuestiones de emparejamientos no podía caer en un grupo con Inglaterra y Croacia ya dentro.

El dato de que Inglaterra no se haya cruzado con ninguna selección del top-10 FIFA se agita como si fuese una prueba irrefutable de un camino asfaltado. En realidad, es casi una anécdota. Croacia se mueve siempre en ese nivel competitivo. Y México en el Azteca es, sin discusión, una prueba de altura de nivel top-10, más allá del número que aparezca en una lista.

Nadie puede afirmar con total convicción que, justo ahora, existan diez selecciones claramente mejores que Noruega. El ranking sirve para lo que sirve. Y se retuerce según convenga a cada relato.

En resumen, por mucho que en Escocia se busque consuelo restando valor a la ruta inglesa, no hay un argumento sólido para decir que Inglaterra haya disfrutado de un camino “fácil”. Ha tenido, casi al milímetro, el recorrido que cabía esperar para una selección de su estatus.

Ganó su grupo para cruzarse con una tercera clasificada en dieciseisavos. Se encontró con México, como marcaba el guion, en octavos. Y en un cuadro que ha llevado a los cuatro cabezas de serie hasta semifinales, el hecho de que Noruega eliminara a Brasil —simplemente por ser ahora mismo un equipo mejor organizado, más coherente, más trabajado— ha sido casi lo más parecido a una sorpresa desde que Paraguay bajó los humos a Alemania.

Puede que todo acabe, una vez más, en una derrota heroica. El reto es brutal: primero la dureza competitiva, casi testaruda, de Argentina; después, si todo sale bien, la maquinaria perfectamente engrasada de España, un equipo con automatismos de club de élite.

Lo lógico es que en algún punto del camino se rompa el sueño. Pero incluso si ocurre, este fracaso será distinto. Más grande. Más cargado de mérito que cualquier otro tropiezo inglés en estos 60 años de cicatrices.

Si alguien busca consuelo, ahí lo tiene. Y si alguien busca un baremo para medir de verdad a esta Inglaterra, quizá la pregunta ya no sea si la Copa vuelve a casa, sino cuánto tiempo puede seguir llamando a la puerta de los que mandan en el mundo.