La fiebre del Mundial en Estados Unidos: fútbol y vida cotidiana
Los Ángeles no es una ciudad, es un torneo en sí misma. Se extiende sin final, como si cada freeway fuera una prórroga más. Desde aquí, desde la piscina de un hotel invadida por torsos perfectos y móviles en modo selfie, se sigue un Mundial que se juega a miles de kilómetros y, al mismo tiempo, justo al otro lado de la calle, en cualquier bar con una pantalla y una camiseta de la selección de Estados Unidos colgada en la pared.
Veinte años han pasado desde la última vez que estuve en el país anfitrión de un gran torneo –sin contar Inglaterra–. Entonces era Alemania 2006: coche de alquiler, Ian, Matt y Oli, y la única preocupación de saber cuándo aparecería el siguiente litro de cerveza y con qué afición acabaríamos bailando. Trinidad y Tobago, resacas bajo el sol, entradas rechazadas para un Brasil‑Australia porque el cuerpo no aguantaba más. Ahora el viaje es otro: horarios, directos, escaletas, cables, podcasts. La misma pelota, una vida distinta.
La pregunta que más llega desde casa es casi siempre la misma: “¿Hay fiebre de Mundial en Estados Unidos?”. La respuesta no cabe en un sí o un no. Recuerda más bien a aquella vez que una televisión local recorrió el centro de Cambridge, en la víspera de un Cambridge United‑Crystal Palace en cuartos de FA Cup, preguntando a los viandantes por el partido… y encontrándose con gente encantadora que ni sabía que en Cambridge había un equipo de fútbol.
Algo parecido ocurre cuando llegan los Ashes a Melbourne y alguien al otro lado del teléfono pregunta: “¿Qué ambiente hay por ahí, Max?”. Y la realidad es que uno está en casa, con dos criaturas menores de cinco años, peleándose con un puñado de arroz pegado al suelo y una toallita húmeda, mientras el debate nacional se centra en las carencias del Bazball. Esa es la otra cara del torneo: parejas, familias y amigos sosteniendo la vida real mientras periodistas, jugadores y directivos saltan de ciudad en ciudad. A todos ellos, una deuda gigantesca. Y, en mi caso, un mensaje para el futuro: si algún día mi hijo de 18 meses, Willie Rushden, lee esto, que sepa que este no era el mejor momento para pillar boca‑mano‑pie.
La escala de este país descoloca. El mapa te engaña. Piensas que West Hollywood y Santa Monica están a un paseo amable, alquilas un LimeGlide –una bici sin pedales, más juguete que vehículo– y, de repente, te ves atrapado en una vía rápida donde está prohibido pedalear, arrastrando un armatoste metálico por un seto, lejos de todo. Un minuto antes, el viento en la cara; un minuto después, la sensación de haber perdido un duelo táctico contra la geografía.
Entre partido y partido hay apenas una hora. Traducido: un radio mínimo alrededor de un Trader Joe’s, una cafetería al otro lado de la calle y la piscina del hotel. Allí, influencers con abdominales imposibles discuten sobre su nueva serie en TikTok o si su nombre está en la lista del Nylon para la noche de apertura. Sin embargo, basta cruzar a los bares de West Hollywood para encontrar otra escena: pantallas con fútbol, camisetas de Estados Unidos, algún “Good luck later” lanzado a un bosnio que pasa por allí, y esa mezcla tan americana de curiosidad genuina y espectáculo constante.
En los primeros días, el ruido no lo marcó el fútbol, sino el baloncesto. O te hacías de los Knicks o de los Spurs por ósmosis. Elegí Spurs porque parecía lo natural… y lo natural fue verles desperdiciar la mayor ventaja de la historia de unas finales de la NBA, o algo muy cercano a eso. En Nueva York, el desfile de los Knicks dejó una de las imágenes del viaje: Zohran Mamdani, oyente de Guardian Football Weekly y, de paso, alcalde de la ciudad, pronunciando un discurso que erizaba la piel incluso a quienes no reconocíamos ni la mitad de los nombres que citaba.
Pero el pulso del torneo, aquí, lo marcan los aficionados de Estados Unidos. No los que se apuntan al carro por moda, sino quienes llevan años cubriendo el juego, empujando el fútbol en un país que mira primero a la NFL, la NBA o la MLB. La victoria contra Paraguay desató algo más que alegría: fue alivio, reivindicación, casi una exhalación colectiva. Para Inglaterra, ganar el Mundial o caer en octavos no cambiará la popularidad del deporte. El fútbol está incrustado en la cultura. Para Estados Unidos y Australia, en cambio, un gran torneo lo cambia todo. Un cuarto de final, o algo más, puede ser el empujón definitivo para que el fútbol se tome en serio. Esa presión no la necesitan los jugadores, pero viaja con ellos, pegada a la camiseta.
Al otro lado del Pacífico, en mi casa adoptiva de Melbourne, las escenas en Fed Square rozaron las lágrimas. Ver a Nestory Irankunda, refugiado, controlar ese balón y marcar ese gol, fue algo más que un momento deportivo. En tiempos de populismo y nacionalismos en alza, hay una belleza especial en que alguien cuya familia huyó de un conflicto represente a Australia, un país construido sobre la inmigración, como Estados Unidos. Es un recordatorio poderoso de lo que este juego puede significar.
En la zona mixta, Connor Metcalfe puso la banda sonora perfecta al revisar su gol con esa naturalidad tan australiana: una mezcla de asombro, jerga y carcajada que traducía mejor que cualquier análisis táctico lo que acababa de pasar. Es extraño: siento un cariño abierto por los Socceroos que choca frontalmente con lo que me provocan los equipos de críquet de Australia cuando saltan al campo. El fútbol tiene esas paradojas.
La distancia con Inglaterra también ayuda. Desde aquí no hace falta entrar en debates rancios sobre si Thomas Tuchel canta o no el himno. Dudo que el rey Carlos esté perdiendo el sueño por eso. ¿Y a quién le importa? Esta selección es buena y, sobre todo, divertida. Harry Kane tiene velocidad a su alrededor. Noni Madueke sonríe. Elliot Anderson aparece en los sitios correctos. Djed Spence corre de pronto como el Correcaminos. Hay esperanza, pero no esa esperanza basada en el miedo que ha marcado tantas campañas. Al menos, no todavía.
El día a día se resume en algo sencillo: vivir con mi amigo y co‑presentador Barry Glendenning y ver Fox Sports sin descanso. Entre análisis y repeticiones, una duda recurrente: ¿matará Zlatan Ibrahimovic a Alexi Lalas en directo antes de que Barry acabe conmigo? La cobertura estadounidense funciona. Hay explicaciones básicas de “soccer”, sí, pero la BBC y la ITV hacen lo mismo. Un partido de Inglaterra no se parece en nada a un Crystal Palace‑Brentford de lunes por la noche; el público es otro, y no todo el mundo domina el 4‑3‑3. Lo que sobra es ver una y otra vez el anuncio de Christian Pulisic para Wells Fargo en cada pausa de hidratación. Hay límites.
Convivir con Barry a tiempo completo es otra competición. No es que no podamos hacerlo para siempre, pero digamos que no será nuestra elección cuando acabe el torneo. Aun así, cuesta recordar un solo momento en el que yo le haya sacado de quicio. Salvo, tal vez, por comer una manzana demasiado ruidosa, no cerrar bien el tapón de una Coca‑Cola Zero, ofrecer consejos no solicitados sobre cómo picar un chile, preguntarle si necesitaba la olla grande, servir yogur en un bol, poner demasiadas lavadoras y criticar su flatulencia sin complejos, por ambos extremos. Detalles menores. Sobrevivimos.
Lo curioso es que todo esto, la vida entre partidos, los roces domésticos, las bromas internas, parece fascinar a la gente en Instagram, en el podcast, en YouTube. Es como si la gira de un Mundial se hubiera convertido también en un reality improvisado. ¿Es temporada de pilotos? Quizá. Barry acaba de ayudar a una de las estrellas de Selling Sunset con su llavero electrónico –no es metáfora de nada, aunque lo parezca–. Quién sabe hasta dónde puede llevar esta mezcla de fútbol, televisión y caos cotidiano.
De momento, el balón sigue rodando, las noches se alargan en la costa oeste y el fútbol intenta ganar otro trozo de territorio en un país que aún lo mira de reojo. Lo que venga después, aquí o en Melbourne, dependerá de lo que ocurra en el césped en las próximas semanas. Y en este Mundial, como en Los Ángeles, las distancias engañan: lo que parece lejos puede estar a un gol de distancia.





