Egipto avanza a octavos de final del Mundial tras vencer a Australia
Hossam Abdelmaguid no tembló. Respiró hondo, dio tres pasos y golpeó. Cuando el balón besó la red, Egipto rompió un muro que le había resistido toda su historia: está en los octavos de final de un Mundial masculino por primera vez, tras eliminar a una combativa Australia en los penaltis (4-2) después de un 1-1 áspero y largo en Texas.
El héroe final no fue Mohamed Salah, ni falta que hizo. Pero el capitán terminó llorando igual, de pura liberación.
Un duelo tenso, un guion pesado
El partido fue una cuerda tensa desde el inicio. Egipto pegó primero y muy pronto, casi sin avisar, en un encuentro en el que los dos equipos sabían que perseguían algo inédito: ninguno había ganado jamás un partido de eliminación directa en un Mundial.
A los 13 minutos, cuando Australia parecía más cómoda y ya había dejado su primer aviso serio con un latigazo de Cristian Volpato al larguero, los Faraones golpearon “un poco contra el runrún del juego”. Un centro medido de Karim Hafez encontró solo en el segundo palo a Emam Ashour. El mediocampista se desmarcó a la espalda de Nestory Irankunda, cabeceó con decisión y firmó su segundo tanto del torneo. 1-0 y el gigantesco estadio, casa de los Dallas Cowboys, se tiñó de rojo.
El gol cambió por completo el decorado. Australia, que apenas había marcado dos veces en la fase de grupos, se vio obligada a llevar la iniciativa, algo que no encaja con su naturaleza más reactiva. Egipto, en cambio, empezó a mostrar nervios atrás. La zaga titubeó en balones divididos y segundas jugadas, mientras el reloj se movía demasiado despacio para los africanos.
Mohamed Salah, entre algodones tras una lesión muscular en el último partido, apenas aparecía. A los 34 años, el talismán egipcio jugó una primera parte gris, casi testimonial, absorbido por la dureza del duelo y por su propia falta de chispa. Ni arrancadas, ni diagonales, ni esa sensación de amenaza constante que suele acompañarle.
Australia, aun así, tardó en generar peligro real. Su primer disparo a puerta no llegó hasta diez minutos antes del descanso, un tiro flojo de Aziz Behich que atrapó sin problemas Mostafa Shobeir, el hijo de Ahmed Shobeir, mítico portero egipcio en el Mundial de 1990. Un guiño a la historia, en una noche que pedía precisamente eso: escribir un capítulo nuevo.
El tramo final del primer acto se volvió más áspero. Jordan Bos, uno de los futbolistas más rápidos del torneo, cayó al suelo tras una entrada durísima y aérea de Rabia. El carrilero australiano no pudo seguir y tuvo que ser sustituido al descanso por Kai Trewin, un golpe anímico y táctico para los Socceroos.
Australia aprieta, Egipto se encoge
Nada más reanudarse el juego, Egipto tuvo en sus manos el partido. Omar Marmoush, atacante del Manchester City, se encontró solo ante la gloria y la cruzó demasiado, fuera por poco. Era el 2-0 cantado. Fue también el aviso de que las oportunidades no iban a sobrar.
El fútbol suele castigar ese tipo de perdones. Y lo hizo. El técnico egipcio ya había avisado del peligro físico de Australia. Lo sufrió en carne propia en una acción a balón parado que lo cambió todo. Un centro cerrado, mucha gente cargando el área y Mohamed Hany, presionado, peinó el balón hacia su propia portería. Autogol. 1-1 a los 55 minutos. Y segundo tanto en propia puerta de Hany en este Mundial.
El golpe dejó tocado a Egipto. Durante varios minutos, Australia olió sangre. Ganó duelos, cargó el área, buscó segundas jugadas. No generó ocasiones claras, pero el pulso del partido ya no era el mismo. Los Faraones se replegaron demasiado, Salah siguió sin encontrar su lugar y el miedo a encajar otro tanto se apoderó de los africanos.
Con el paso de los minutos, sin embargo, el partido volvió a equilibrarse. Los dos equipos eran conscientes de lo que había en juego. Un error, una mala decisión, podía sepultar años de trabajo. El balón quemaba.
Egipto fue creciendo de nuevo en el tramo final del tiempo reglamentario. Ramy rozó el gol en una acción que terminó con una gran intervención del guardameta Patrick Beach en el añadido. Salah, discreto en juego, participó en la construcción de esa jugada. No brillaba, pero seguía ahí, flotando alrededor de la zona de peligro, esperando su momento.
No llegó antes del minuto 90. Tocaba prórroga.
Prórroga de miedo y piernas pesadas
Los 30 minutos extra tuvieron más tensión que fútbol. Las piernas pesaban, las ideas se nublaban y el miedo a perder superaba casi cualquier ambición. Egipto, eso sí, dio un paso adelante.
Salah probó con su pierna derecha desde la frontal en los primeros compases del tiempo extra. Disparó muy alto. Una imagen que resumía su noche: presente, pero lejos de su mejor versión.
Australia, castigada físicamente y sin demasiada claridad, se aferró al orden y a los duelos. Egipto buscó alguna combinación más, pero el cansancio y la falta de precisión hicieron el resto. El reloj avanzó hacia lo inevitable.
No hubo diferencias. No hubo genio. Hubo penaltis.
La ruleta rusa, esta vez, fue egipcia
Tony Popovic decidió jugar su última carta antes de la tanda. Sacó del banquillo a Mathew Ryan, su portero más experimentado, en un movimiento tan lógico como desesperado. O salía bien, o quedaría marcado. El estadio rugía. Los egipcios, detrás de una de las porterías, convertían cada silbido en un cuchillo para los lanzadores australianos.
La presión se notó desde el primer disparo. Harry Souttar, central y uno de los líderes del equipo oceánico, mandó su penalti por encima del larguero. Un error brutal que dejó a los Socceroos cuesta arriba desde el inicio.
Los siguientes cinco lanzadores no fallaron. Los egipcios ejecutaron con calma, Australia respondió. Entre ellos, Salah. Esta vez sí, el capitán mostró su firma habitual desde los once metros: carrera serena, golpeo preciso, gesto frío. Gol. Sin épica, pero con autoridad.
Con el 3-2 en la tanda, la responsabilidad cayó sobre los hombros de Lucas Herrington, defensor de 18 años. Su disparo superó a Shobeir, pero no al travesaño. El balón se estrelló en la madera y salió despedido. Otra puñalada para Australia.
Quedaba Abdelmaguid. El joven delantero cargó con todo el peso de una nación que jamás había cruzado esta frontera. No dudó. Engañó a Ryan, colocó el balón donde duele a los porteros y desató el delirio egipcio.
Salah se derrumbó en el césped, llorando de alegría. Sus compañeros corrieron hacia Abdelmaguid, héroe inesperado de una noche que ya es leyenda en El Cairo.
Un gigante en el horizonte
Egipto, que ya había celebrado su primera victoria mundialista al vencer 3-1 a Nueva Zelanda en la fase de grupos, dio un paso más en Texas. No jugó su mejor partido, sufrió, tembló atrás y dependió de los penaltis. Pero sobrevivió. Y en los torneos grandes, a veces eso basta.
El premio es tan histórico como desafiante: un cruce de octavos en Atlanta contra el ganador del duelo entre Argentina y Cabo Verde. Si la lógica se impone, les esperará la campeona del mundo de Lionel Messi.
Egipto ya ha roto una barrera que le perseguía desde siempre. La pregunta ahora es otra: ¿se conformará con haber hecho historia o se atreverá a discutirle el trono a los gigantes?





