Cristiano Ronaldo y su búsqueda de un gol en el Mundial
Cristiano Ronaldo lleva dos décadas peleándose con el mismo fantasma: el Mundial. Ha batido todos los récords posibles con Portugal, ha cambiado de posición, de club, de país y hasta de continente. Pero la Copa del Mundo le ha respondido siempre con la misma mezcla de crueldad y resistencia. Y, a sus 41 años, vuelve a encontrarse ante el mismo muro: marcar, por fin, en una fase eliminatoria.
El niño que se hizo villano en 2006
Alemania 2006 fue su carta de presentación al mundo. Un extremo de 21 años, eléctrico, todavía más regateador que goleador, se estrenó con un penalti ante Irán en la segunda jornada de la fase de grupos. Se convirtió en el goleador más joven de Portugal en un Mundial. Parecía el prólogo de una historia luminosa.
No lo fue. Aquel gol fue el único del torneo. Portugal terminó cuarta, Ronaldo no vio puerta en cuatro partidos de eliminación directa y el foco se desplazó de sus botas a su carácter.
La escena quedó grabada en la memoria colectiva: cuartos de final ante Inglaterra, expulsión de Wayne Rooney tras una acción con Ricardo Carvalho y Cristiano protestando con vehemencia. Cada toque suyo fue abucheado en la semifinal perdida 1-0 ante Francia. En Inglaterra le colgaron el cartel de traidor.
Steven Gerrard fue directo: dijo que se sintió “absolutamente disgustado” al verle gesticular hacia el árbitro y luego guiñar un ojo hacia el banquillo. Frank Lampard subrayó la paradoja: compañero de Rooney en Manchester United y protagonista en la expulsión del delantero inglés. La imagen del guiño, más que cualquier regate, marcó su primer Mundial.
Ronaldo defendió su actuación. Pero el castigo no llegó en el campo, sino en los despachos: el grupo de estudio técnico de la FIFA, liderado por Holger Osieck, eligió a Lukas Podolski como mejor jugador joven del torneo, alegando cuestiones de deportividad. Un aviso temprano: en los Mundiales, Cristiano no solo tendría que pelear contra defensas, sino contra percepciones.
Sudáfrica 2010: el brazalete pesa
Cuatro años después, Ronaldo ya era capitán. El brazalete traía jerarquía, pero también una presión distinta. En Sudáfrica solo marcó una vez, el sexto gol en el 7-0 a Corea del Norte, y rompió así una sequía de 16 meses con la selección. El tanto llegó en un contexto tan desproporcionado que apenas sirvió para aliviar las críticas.
Portugal cayó en octavos ante la futura campeona, España, por 1-0. El golpe fue más emocional que futbolístico. “Me siento completamente desconsolado, frustrado y con una tristeza inimaginable”, confesó. Pero la tormenta apenas empezaba.
Las cámaras le captaron diciendo, tras la eliminación: “¿Cómo puedo explicar esta derrota? Pregúntenselo a Carlos Queiroz”. En su país, muchos lo interpretaron como una puñalada al seleccionador. Él trató de matizar después: explicó que solo remitía a la rueda de prensa del técnico y reivindicó su derecho a sufrir en silencio, aunque reconoció su responsabilidad como capitán.
Queiroz respondió con firmeza. Dejó claro que no toleraría a nadie por encima del equipo y lanzó una frase que aún resuena: “Portugal necesita a Ronaldo, y Ronaldo necesita a la selección. Pero si esta camiseta pone nervioso a algunos jugadores, no tienen motivos para estar aquí”. El brazalete seguía pesando.
Brasil 2014: el héroe cojo
Rumbo a Brasil, Cristiano se ganó el billete casi en solitario. Marcó los cuatro goles de Portugal en la repesca ante Suecia, en una exhibición monumental. Llegó al Mundial entre dudas físicas, con problemas en rodilla y muslo, pero asegurando estar “al 100%”.
El campo contó otra historia. En el 4-0 encajado ante Alemania apenas apareció. Ante Estados Unidos, asistió a Silvestre Varela para el empate agónico (2-2). En el tercer partido, firmó el 2-1 ante Ghana en el minuto 80. No bastó: terceros de grupo, eliminados a la primera.
En Portugal, las críticas apuntaron de inmediato al capitán, incapaz de transformar ocasiones que, en otras circunstancias, habría convertido casi de memoria. Paulo Bento, sin embargo, se puso delante del fuego. Rechazó personalizar el fracaso, asumió la responsabilidad y recordó que el equipo había acumulado errores en los tres partidos. “Cristiano suele ser muy eficaz, pero de repente no pudo serlo. No voy a señalar a un solo jugador”, dijo. El Mundial volvía a dejar a Ronaldo sin redención.
Rusia 2018: la noche perfecta que no alcanzó
En Rusia, por un momento, pareció que todo cambiaba. Debutó con un hat-trick inolvidable ante España en un 3-3 vibrante. Incluyó su primer gol de falta directa en una gran cita con Portugal, en el minuto 88, para rescatar un punto. Era el Cristiano total: líder, implacable, decisivo.
“Estoy muy feliz, es una marca personal más en mi carrera, pero lo más importante es el equipo”, afirmó después. Portugal había estado dos veces por delante ante una de las grandes favoritas y el empate sonaba a justicia. El capitán transmitía seguridad: “Vamos a hacerlo bien, seguro”. El guion, sin embargo, se torció otra vez.
Llevó a la selección hasta octavos, pero ahí se apagó. Ni gol ni asistencia en la derrota 2-1 ante Uruguay en Sochi. Tenía 33 años. Muchos vieron en aquella noche el final de su historia mundialista. Él evitó pronunciarse. Prefirió subrayar el futuro de un grupo “joven, fantástico y ambicioso”. El Mundial, una vez más, se le escapaba entre los dedos.
Qatar 2022: ruptura y lágrimas
Qatar llegó envuelto en ruido. Su segunda etapa en Manchester United había terminado de forma caótica y pública. Ronaldo aterrizó en el Golfo con la misión de acallar dudas y levantar el único trofeo que le faltaba.
El torneo, sin embargo, se convirtió en un espejo incómodo. Marcó de penalti ante Ghana en el debut. Después, el gesto airado al ser sustituido ante Corea del Sur en la fase de grupos. Y, en octavos, la decisión de Fernando Santos: banquillo ante Suiza.
Portugal firmó su mejor partido del Mundial sin él en el once. Ganó 6-1, con un hat-trick de Gonçalo Ramos, su sustituto. Se multiplicaron las informaciones sobre un supuesto amago de abandono del grupo por parte de Cristiano, algo que él negó con rotundidad al día siguiente en un mensaje público. Aseguró que su dedicación a Portugal “nunca había vacilado ni un instante” y que jamás daría la espalda a sus compañeros ni a su país.
El final fue frío. Eliminación en cuartos ante Marruecos, otra vez desde el banquillo. Ronaldo, entre lágrimas, se marchó directamente al túnel. Tenía 37 años, solo un gol de penalti en el torneo y dos nuevos partidos sin marcar en la fase de grupos. En un mensaje posterior, reconoció que el sueño de ganar un Mundial con Portugal había terminado. “He dado todo. Dejé todo en el campo”, escribió. Parecía un adiós definitivo al gran escenario.
El regreso inesperado: “I’m back”
Y, sin embargo, aquí está otra vez. En un nuevo Mundial, con 41 años, vestido de goleador en Arabia Saudí con Al-Nassr y todavía con la misma obsesión: derribar la última puerta que le queda. No la del título, que hoy parece más lejana. La del gol en una fase eliminatoria.
El aviso lo lanzó a su manera. Tras el 5-0 de Portugal a Uzbekistán, nada más sonar el pitido final, se giró hacia la cámara y gritó: “I’m back! I’m back!”. Dos goles ante una selección situada en el puesto 60 del ránking mundial y un mensaje directo al planeta fútbol.
La cautela, sin embargo, se impuso. En el estreno, ante la República Democrática del Congo, había pasado desapercibido. Y cuando el nivel subió, el brillo se atenuó. Ante Colombia, en Miami, Portugal se estrelló contra un 0-0 que entregó el liderato del Grupo K a los cafeteros. Ronaldo volvió a sufrir, lejos de la portería, sin la precisión de antaño.
El resultado es un cruce envenenado: Croacia en octavos. Un equipo veterano, liderado por Luka Modric, que ya no es el vendaval de 2018, pero conserva colmillo y oficio. Un rival que, como Ronaldo, vive en la frontera entre el pasado glorioso y el presente exigente.
La última cuenta pendiente
Cristiano ya ha demostrado en este Mundial que todavía puede marcar. El problema no es el gol en sí. Es el momento. Nunca ha celebrado un tanto en una fase de eliminación directa de la Copa del Mundo. Ni en 2006, ni en 2010, ni en 2014, ni en 2018, ni en 2022.
Esa es la herida que sigue abierta. No se trata ya de discutir si está “acabado” o no en la élite, ni de comparar sus registros en Arabia con los de su pasado en Europa. La cuestión es más simple y, al mismo tiempo, más cruel: ¿puede, todavía, decidir un partido de Mundial cuando ya no hay red debajo?
Croacia será otro examen para un futbolista que ha vivido casi todo, pero que sigue pendiente de ese gol en el único escenario que se le ha resistido de verdad. A estas alturas, no necesita demostrar quién ha sido. Solo le queda demostrar quién puede seguir siendo.
El balón vuelve a estar en sus pies. Ahora, le toca a Cristiano.






