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Neymar lidera a Santos y rompe la mala racha con una exhibición

En una noche cargada de nervios en la Serie A brasileña, cuando Santos miraba de reojo a la tabla y a sus propios fantasmas, apareció el viejo número 10. El de siempre. Neymar volvió a tomar el control del escenario y, con él, el rumbo de un equipo que arrastraba siete partidos sin ganar.

El ambiente era de olla a presión. Murmullo en las gradas, impaciencia en cada pase horizontal, esa sensación de que un error más podía encender la bronca. Hasta que el balón encontró a Neymar en su zona preferida: abierto a la izquierda, con espacio para encarar y la defensa de Bragantino reculando, casi por instinto.

El primer golpe llegó en el descuento del primer tiempo. Neymar arrancó por fuera, se metió hacia dentro con esa zancada corta y venenosa, combinó en una pared limpia con un compañero y, sin forzar el gesto, colocó el remate ajustado al palo largo. Toque suave, dirección perfecta, portero vencido. Un gol que parecía sacado de un archivo conocido, de esos que construyeron su mito. Y un recordatorio directo: sigue siendo el eje de la cultura futbolística brasileña.

Con la ventaja, Santos respiró. Neymar no. Siguió pidiendo la pelota, marcando ritmos, tirando desmarques cortos, obligando a Bragantino a defender siempre mirando hacia atrás. No fue solo el gol; fue el peso constante sobre el partido.

La sentencia llegó en el minuto 75, de nuevo con su firma. Balón parado, tensión en el área, y Neymar frente al esférico. No buscó el típico disparo directo. Optó por la inteligencia. Ejecutó una jugada ensayada, un movimiento de pizarrón que descolocó la marca rival y terminó con el balón en los pies de Adonis Frias. El defensor no dudó: definición potente, 2-0 y partido prácticamente cerrado. La idea fue de Neymar; el golpe final, de Frias.

Para entonces, el 10 ya había dejado una hoja de estadísticas que explicaba por sí sola su influencia: tres remates, un pase clave, siete conducciones progresivas, seis duelos ganados por bajo. Números de futbolista que no se esconde, que se ofrece siempre, que empuja al equipo hacia adelante en cada acción.

En el minuto 82, llegó el cambio. Neymar se retiró para dejar su lugar a Gabriel Barbosa. Y el estadio reaccionó como en las grandes noches: todo el mundo de pie. Una ovación larga, sentida, casi de reconocimiento colectivo a un jugador de 34 años que pelea por algo más que tres puntos. Pelea por un sitio en la convocatoria de la selección para el Mundial de 2026. El mensaje desde la grada fue inequívoco: todavía lo quieren en la escena grande.

Santos, al fin, volvió a ganar. Se sacudió la mala racha, recuperó confianza y encontró en su estrella el faro que necesitaba en un tramo delicado del campeonato. Ahora se viene un calendario apretado, con doble enfrentamiento ante Coritiba y un cruce continental frente a San Lorenzo.

Con un Neymar así, la pregunta ya no es si puede decidir un partido. Es cuántos más está dispuesto a cambiar en este tramo final de su carrera.