Logotipo completo Tercer Palco

Mundial: Inglaterra, Messi y el futuro del fútbol

La autopsia de Inglaterra sigue abierta y no parece que vaya a cerrarse pronto. Thomas Tuchel continúa en el cargo pese a esas sustituciones que descolocaron al vestuario y dejaron al equipo fuera del Mundial, y el debate se ha instalado en un punto incómodo: ¿el problema eran solo los cambios… o todo el plan inicial?

En la era de las cinco sustituciones, muchos entrenadores trabajan con la idea de los “finishers”, jugadores diseñados para cambiar el partido desde el banquillo. Tuchel fue elogiado durante el torneo por sus revulsivos. Pero, como apunta un lector, si los suplentes cambian siempre el rumbo, quizá el once inicial nunca funcionó de verdad. Inglaterra, dice, fue “la peor de las semifinalistas con diferencia” y llegó tan lejos con una dosis considerable de fortuna. El consuelo, para algunos, es que se evitó una posible humillación ante España en la final.

El técnico alemán seguirá, al menos de momento. En la concentración se espera que el tercer y cuarto puesto sirva para repartir minutos: dar una parte a cada portero, juntar a Ollie Watkins con Ivan Toney, premiar a Kobbie Mainoo. Un partido sin brillo, pero útil para cerrar heridas… o abrir otras.

Messi, Mbappé y el peso de los goles

Mientras Inglaterra mira hacia dentro, el resto del planeta ya solo mira hacia arriba, hacia la cumbre. Lionel Messi y Kylian Mbappé llegan empatados en la carrera por la Bota de Oro. El argentino manda en la tabla gracias a una asistencia más. El francés, con la sensación permanente de que puede marcar en cualquier momento.

En medio de ese pulso surge una cuestión tan vieja como los torneos: ¿deberían valer más los goles en la final que los del partido por el tercer puesto? La pregunta flota en el ambiente, entre bromas y comparaciones históricas, como la del lector que recuerda el viejo chiste de César y los “gauls” lejanos que cuentan doble. El fútbol, por suerte, sigue sin coeficientes emocionales: el gol en el minuto 3 del tercer puesto vale lo mismo que el del 93 en la final. Otra cosa es lo que pese en la memoria.

Rodri, un Mundial para reivindicarse

En este contexto, hay historias que se imponen por sí solas. Una es la de Rodri. El centrocampista ha firmado un Mundial enorme, de esos que cambian la percepción de una carrera. Venía de una rotura de ligamento cruzado que generó dudas razonables: ¿volvería a confiar en su cuerpo?, ¿recuperaría el ritmo de antes?

Ha tardado, pero lo ha conseguido. Hoy se le ve mandar, abarcar campo, jugar con una autoridad que recuerda sus mejores días. Tanto, que ya hay quien sospecha que este podría haber sido su último partido con Manchester City. Nada confirmado, solo intuiciones. Lo cierto es que el torneo le ha devuelto al escaparate más alto, justo antes de un verano que promete movimientos.

Argentina, de Romero a la bandera de las Malvinas

En la otra orilla, Argentina llega a otra final mundialista con una mezcla de épica, polémica y oficio. Cuti Romero encarna bien el espíritu de esta selección: cada vez que se pone la camiseta albiceleste, se transforma en un defensor feroz, uno de esos centrales que disfrutan el cuerpo a cuerpo. Al lado de Lisandro Martínez, ejerce de “hombre duro”, el último muro antes de Emiliano Martínez. Salvo Messi y el propio portero, pocos han sido tan regulares como él en el camino hacia esta tercera final en cuatro Mundiales.

No todo es fútbol. La celebración de la semifinal ante Inglaterra dejó una imagen que ha trascendido el césped: jugadores argentinos posando con una bandera que reivindicaba la soberanía sobre las Islas Malvinas. El gesto ha tenido eco político. Keir Starmer respalda que la FIFA investigue el episodio, y Downing Street ha hecho público ese apoyo. El Mundial, una vez más, desborda las líneas del campo.

Poder, despachos y Gianni Infantino

Mientras las selecciones se juegan la gloria, en los despachos el partido parece decidido de antemano. Gianni Infantino cuenta ya con el respaldo formal de más de 200 federaciones para ser reelegido presidente de la FIFA en el congreso de marzo. Solo un puñado de las 211 asociaciones no ha enviado aún su carta de apoyo. Entre las pocas voces disonantes figuran algunas europeas, con Alemania como federación más relevante que todavía no ha dado su visto bueno.

El contraste es brutal: clima de malestar, escándalo reciente por el indulto a Folarin Balogun, sospechas de favoritismos… y, pese a todo, una reelección prácticamente asegurada. Mel Brennan lo resumía con un optimismo áspero: el fútbol sobrevivió a Sepp Blatter, Jack Warner, Chuck Blazer… y también sobrevivirá a Infantino.

España–Argentina, una final que lo absorbe todo

El domingo, en New Jersey, se juega algo más que una copa. España llega como el equipo más redondo del torneo, Argentina como el conjunto que mejor domina los matices emocionales de una final. Messi frente a Lamine Yamal: el genio que se despide de los Mundiales contra el chico que parece dispuesto a dominarlos durante una década.

La magnitud del choque arrastra a la política y al espectáculo. El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, estará en la grada. También Donald Trump, según confirmó la Casa Blanca. Dos visiones del mundo, dos proyectos de país, compartiendo palco en un estadio que se ha convertido en escaparate global de la capacidad de Estados Unidos para organizar un evento de esta magnitud.

Mourinho, Alexander-Arnold y el nuevo Madrid

Mientras el Mundial acapara los focos, el fútbol de clubes se mueve en paralelo. En Madrid, el regreso de José Mourinho ha cambiado el tono del verano. Trent Alexander-Arnold, fichado desde Liverpool el año pasado y lastrado por las lesiones en su primera temporada, ve en el técnico portugués una oportunidad.

Habla de “placer” al trabajar con él, de principios claros, de una exigencia altísima. Tras la salida de Dani Carvajal en mayo, el lateral inglés tiene el carril derecho despejado para consolidarse como titular. Llega con hambre, tras mucho tiempo fuera, decidido a construir una base sólida para una temporada en la que el club solo contempla pelear por títulos.

Entre humo, nostalgia y el día después

En medio de todo, la vida cotidiana del aficionado se cuela entre líneas. Hay quien escribe desde un jardín por fin libre del humo de los incendios, disfrutando del aire limpio mientras repasa resultados europeos y se detiene en un final de locura en Malta: NSÍ Runavík eliminando a Hamrun Spartans con un penalti en el 94, policía en el césped, una roja, caos puro de previa veraniega.

Otro lector confiesa que lo que más le inquieta no es la final, ni el tercer puesto, sino el vacío que vendrá después: sin madrugones, sin desvelos, sin ese ritmo extraño al que el cuerpo ya se había acostumbrado. Quizá sea el momento, dice, de engancharse a las ligas sudamericanas o a la MLS. El fútbol siempre ofrece una puerta de salida… y otra de entrada.

El Mundial se encamina a su último acto. Cuando el árbitro pite el final, uno de los dos capitanes levantará el trofeo, se cerrará una narrativa y se abrirán otras: el futuro de Rodri, el techo de Lamine Yamal, la siguiente estación de Messi, la próxima batalla política en la FIFA. La pregunta, en realidad, ya está sobre la mesa: cuando este torneo se convierta en recuerdo, ¿qué historia será la que sigamos contando?