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Matheus Cunha y el dilema de ser ‘demasiado bueno’

Matheus Cunha, Vinicius y el extraño pecado de ser “demasiado bueno”

En el gran relato del fútbol de selecciones, a Matheus Cunha le ha caído un papel curioso: el del chico demasiado amable como para ser estrella. No es una cuestión de gol, de táctica o de jerarquía en el vestuario. Es, según cierta narrativa británica, casi un defecto de carácter. Demasiado educado para Brasil. Y, por extensión, destinado al fracaso en Manchester United.

Todo por un gesto de humanidad en un Mundial.

El consuelo que se convirtió en diagnóstico

Brasil sufre ante Japón. La Canarinha coquetea con el abismo y Japón se adelanta, lo que, según el relato del Daily Mirror, debía ser “un gran impulso” para Inglaterra. Un detalle incómodo: Inglaterra perdió ante Japón hace apenas tres meses. Llamarlo “impulso” roza el autoengaño. De hecho, Inglaterra ha ganado más recientemente a Brasil que a Japón. Los datos están ahí; la narrativa va por otro lado.

En ese contexto, el foco se posa sobre Cunha. El delantero de Manchester United aparece en titulares por su “clase” en pleno drama: al término del partido, se detiene un momento para consolar a Ao Tanaka, hundido tras la eliminación japonesa, antes de unirse a la celebración brasileña.

Un gesto elegante, normal en el código no escrito entre profesionales. Pero el artículo de Jeremy Cross lo eleva a símbolo de un “incómodo” diagnóstico: existe, asegura, una “sensación general” de que Cunha “carece de la dureza” necesaria para pasar de buen futbolista a gran futbolista. Guile sin grit. Talento sin colmillo.

El problema es que nadie parecía hablar de esa supuesta “sensación general” hasta que hizo falta rellenar un relato. Y cuesta encajar la etiqueta de blando a un jugador que en su día fue sancionado por un incidente con un guardia de seguridad del Ipswich, al que llegó a quitarle las gafas en plena trifulca. No es precisamente la biografía de un alma frágil incapaz de imponerse.

El remate llega en el último párrafo: cuando Neymar se retire, “lo más probable” es que entregue el testigo a Vinicius Junior, no a Cunha. Como si eso necesitara explicación psicológica. Como si el hecho de que Vinicius sea ya el líder ofensivo de Brasil tuviera algo que ver con que Cunha se detenga treinta segundos a consolar a un rival abatido.

El doble rasero del carácter

La historia de Cunha encaja en un patrón más amplio que atraviesa estos días la prensa inglesa. El carácter vende. El carácter se juzga. Y rara vez se mide con la misma vara.

Craig Hope, del Daily Mail, firma una frase llamativa sobre Harry Kane: “no tiene ego en el sentido tradicional; es el más humilde de los superestrellas, pero no marca los goles que marca sin una tozuda veta de alta autoestima”. En una sola línea, Kane es al mismo tiempo el epítome de la humildad y un competidor ferozmente convencido de sí mismo. Todo encaja, todo se perdona. El relato es amable.

La misma pluma que describe así a Kane es la que, en su día, retrató a Jude Bellingham como “divisive soloist”, “poster boy for moodiness”, “brand ambassador for petulance” y “angry young man”. El vocabulario cambia, el tono se endurece, el juicio moral se dispara. Uno es el “más humilde de los superestrellas”. El otro, un problema de actitud con botas.

La pregunta cae por su propio peso: ¿por qué un jugador se convierte en modelo de modestia con “alta autoestima” y otro en símbolo de petulancia? ¿Por qué el carácter de unos se celebra y el de otros se patologiza?

En ese contexto, Cunha aparece casi como víctima colateral. No se le acusa de chulería, ni de ego desmedido, ni de gestos teatrales. Al contrario: se le señala por ser “demasiado bueno”. Por mostrar empatía. Por no encajar en la caricatura del 10 brasileño despiadado, destinado a suceder a Neymar.

Nagelsmann, la etiqueta de “snap” y la mirada al banquillo

La hipérbole no se limita al césped. Alemania cae en los penaltis ante Paraguay y el foco de MailOnline no se centra en la eliminación, ni en el análisis táctico, ni en el futuro de la Mannschaft. El gran titular apunta a Julian Nagelsmann: “snaps” ante una reportera tras la derrota, con Jürgen Klopp ya flotando como sombra inevitable sobre su cargo.

La pieza subraya que se trata de una “female reporter”, Lili Engels, aunque dentro del texto se la menciona simplemente como “reporter”. La etiqueta de género aparece justo donde hace falta una foto en la parte alta de la página. El matiz importa: no es lo mismo decir que un entrenador “salta” ante una pregunta que decir que lo hace ante una mujer. El subtexto se carga de insinuaciones.

Luego uno ve el clip. No hay gritos, ni desplantes, ni una explosión de ira. Hay tensión, sí. Un entrenador bajo presión, recién eliminado, respondiendo con gesto serio a una periodista que hace su trabajo. Un intercambio áspero, pero normal en la élite. Si eso es “snap”, más de uno en redacción debería revisar cómo llama a cualquier conversación mínimamente incómoda.

La construcción es clara: el entrenador “explota”, el banquillo tiembla, Klopp “acecha”. El ciclo mediático se alimenta solo.

Kane, Bayern, Barça y la pedagogía condescendiente

En paralelo, el mismo Hope firma una explicación sobre por qué el Barcelona podría resultar tan atractivo para Kane. Hasta ahí, legítimo. Lo llamativo es el tono didáctico al describir el escenario europeo: “Bayern no es Barça y la Bundesliga no es LaLiga. Der Klassiker no es El Clásico. Der Klassiker es Bayern contra Dortmund, por cierto”.

Como si el lector necesitara una nota a pie de página para entender uno de los partidos más vistos del continente. Como si Bayern, que llegó más lejos que Barcelona en la última Champions y levantó más trofeos, fuera poco más que una opción “estable”, “familiar” y “lógica”, frente a la “irresistible” seducción del Camp Nou.

La comparación no es nueva, pero el trazo grueso sorprende. Una vez más, el relato manda más que los hechos.

Japón, Inglaterra y la realidad que estorba

La victoria de Brasil ante Japón se convierte también en pieza de lectura inglesa: “parecía que los Three Lions iban a recibir un gran impulso” cuando los nipones se adelantaron, con la Canarinha al borde del KO. El problema es que la memoria reciente no acompaña. Inglaterra cayó ante Japón hace tres meses. Presentar a Japón como rival “propicio” no resiste ni un vistazo rápido al archivo.

Aun así, la frase queda. Encaja en la idea de que el torneo se abre para Inglaterra, de que los resultados ajenos se alinean. La realidad deportiva estorba menos que nunca.

El eco de la sospecha

En otro rincón del mismo ecosistema informativo, el Daily Mirror apunta a un asunto mucho más grave: “FIFA toma una decisión sobre investigar el Argelia–Austria tras las acusaciones de amaño”. Pocas palabras, mucha carga. La simple mención de “match fixing claims” basta para encender alarmas. Aquí no hay ironía posible. Solo un recordatorio de que, por debajo del ruido sobre egos, carácter y gestos de deportividad, siempre late la preocupación por la integridad del juego.

¿Qué hacemos con los “demasiado buenos”?

Al final, el caso Cunha deja una sensación extraña. Se le reprocha, de forma soterrada, no ser Vinicius. No tener el filo de Neymar. No encajar en la plantilla de la superestrella brasileña de manual. Se le reduce a un arquetipo: el chico simpático, el que consuela al rival, el que no cogerá el testigo.

Quizá la pregunta no sea si Cunha es “demasiado bueno” para ser líder de Brasil o para triunfar en Manchester United. Quizá la cuestión incómoda sea otra: ¿en qué momento empezamos a tratar la empatía como un defecto competitivo en lugar de como un rasgo de grandeza?