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Lionel Messi y los grandes goles del Mundial

El silencio duró un segundo. El tiempo justo para que el balón, difícil, llegara a los pies de Lionel Messi en carrera. Controles así se ven una o dos veces por torneo; él los hace parecer rutina. Amortiguó el pase con una sutileza insultante y, casi sin ángulo, acomodó el cuerpo y clavó con el segundo toque la pelota en la escuadra. Argentina rompía el cero ante Cabo Verde con una obra de técnica pura, un gol que explicaba por sí solo por qué, a los 39 años, sigue mandando.

El partido, sin embargo, guardaba otra postal eterna. En la prórroga, Sidny Cabral, desde un costado del área, encontró el rincón imposible. Derechazo enroscado, vuelo inútil de Emiliano Martínez y un estadio en shock. El 2-2 en el minuto 103 no solo dio vida a Cabo Verde; dejó una imagen que se quedará pegada a cualquier recopilación de grandes goles mundialistas. Argentina acabaría pasando 3-2, pero el eco del disparo de Cabral aún resuena.

Golazos que definen torneos

El Mundial se llenó de tantos que merecen repetición infinita. En la fase de grupos, Kerim Alajbegovic firmó para Bosnia-Herzegovina ante Qatar una acción de videojuego: conducción zigzagueante, rivales desparramados y un derechazo ascendente, seco, que se coló arriba. Un gol que mezcló descaro y precisión.

En el otro extremo del espectro, la frialdad de Erling Haaland. Pareció un simple latigazo de rutina, pero su derechazo ante Brasil en octavos fue un martillazo quirúrgico: potencia descomunal, colocación perfecta. El noruego cerró así una actuación que tumbó a una Brasil irreconocible.

En cuartos, Argentina y Suiza se enredaban en un partido tenso, cerrado, hasta que Julián Álvarez decidió romper el guion. Recibió lejos del área, levantó la cabeza y soltó un derechazo con efecto, seco, desde larga distancia. La pelota voló y se clavó en el ángulo en la prórroga. Gol de jugador infravalorado, gol de futbolista grande.

Noruega también dejó su sello estético con Antonio Nusa. Dentro del área, un amague corto, un leve cambio de ritmo para quitarse al defensor de encima y, sin necesidad de más adornos, un disparo curvado al ángulo. Simple. Perfecto.

Murallas bajo los palos

Mientras los delanteros se adueñaban de los resúmenes, varios porteros construyeron su propio catálogo de milagros. Johny Placide, con Haití frente a Marruecos, encadenó una doble intervención de manual: primero con las piernas, luego un reflejo felino, mano izquierda abajo, para negar un gol cantado. Puro instinto.

En el Azteca, Jordan Pickford sostuvo a Inglaterra en su triunfo ante México. Muy pronto, un cabezazo de Raúl Jiménez parecía destinado a la red. El inglés voló bajo, a su izquierda, y desvió un balón que cambió el tono del encuentro.

Orjan Nyland protagonizó una de las paradas del torneo ante Brasil. Un centro envenenado, un desvío involuntario de su propio compañero Kristoffer Ajer y la pelota camino del gol. Nyland, a contrapié, retrocedió desesperado, se giró en el aire y alcanzó a desviar el balón al poste. Anticipación, elasticidad y sangre fría en una sola acción.

Aymen Dahmen, con Túnez ante Japón, reaccionó a quemarropa ante un disparo de Takehiro Tomiyasu que parecía imposible de sacar. El balón hizo todo menos cruzar la línea. Patrick Beach, con Australia ante Turquía, voló a su derecha para tocar lo justo un misil de Abdulkerim Bardakci desde casi 30 metros, desviándolo al poste.

Alireza Beiranvand también dejó su huella. No llegó al primer disparo de Kevin De Bruyne, pero se recolocó a tiempo para, desde el suelo, reaccionar y sacar un remate dentro del área pequeña de Maxim de Cuyper para Irán. Una parada que desafió la lógica.

Los reyes del torneo

El Balón de Oro del Mundial fue para el capitán de España, Rodri. Centro neurálgico del mejor equipo del campeonato, jugó con una autoridad que recordó por qué también es intocable en Manchester City. Ordenó, barrió, inició ataques y dio la sensación de ser sencillamente insustituible.

Detrás de él, el trofeo oficial reconoció lo que el césped ya había dictado: Messi, Balón de Plata; Kylian Mbappé, Balón de Bronce. El argentino no vivió una simple despedida. A los 39, dominó partidos como el de la semifinal ante Inglaterra, donde manejó ritmos, encontró espacios y tiró de un grupo que se negaba a caer.

Mbappé, más suelto y maduro, mezcló goles, liderazgo, descaro y un trabajo sin balón que sorprendió incluso a quienes le siguen desde hace años. Mientras, Jude Bellingham se erigió en el eje emocional de Inglaterra: el centrocampista de Real Madrid arrastró al equipo en noches espesas y elevó su nivel en los partidos grandes.

Otros nombres completaron la galería de figuras. Michael Olise, con siete asistencias para Suiza y una tijera ante Suecia que aún se repite en las cabezas de muchos, dejó claro que este Mundial puede ser solo el primero de varios. Rodri, para varios analistas, fue directamente “irremplazable”. Y Messi, como subrayaron muchas voces, desafió la edad y la física para reforzar su candidatura a mejor de la historia.

Cubarsí y la generación que viene

El premio al mejor joven fue para Pau Cubarsí, 19 años, central de España, titular todos los minutos del torneo. Frío, firme, impecable en la salida de balón y clave en una defensa que solo encajó un gol. Su actuación ante Francia en semifinales fue la confirmación de un central llamado a marcar época.

No fue el único adolescente en irrumpir con fuerza. Ayyoub Bouaddi, de Marruecos, se ganó la atención mundial con una actuación deslumbrante ante Brasil. Su lectura del juego, sus movimientos sin balón, llevaron a más de uno a compararle, en estilo, con una mezcla de Patrick Vieira y Luka Modric.

Erling Haaland, aunque ya consolidado en clubes, vivió una especie de “segunda presentación” global. Su impacto en Estados Unidos fue tal que salió del torneo convertido en nombre familiar para un público que, en muchos casos, lo descubría de verdad.

Hubo más historias. Cabo Verde encontró en Vozinha, su portero de 40 años, un héroe inesperado: siete paradas memorables en el 0–0 ante España en el debut y otras ocho intervenciones ante Argentina, llevando al límite al campeón. Su cuenta de Instagram explotó: de unos 50.000 seguidores antes del torneo a más de 29 millones después.

Alex Freeman, lateral de Estados Unidos, aprovechó el escaparate hasta el punto de que Mauricio Pochettino llegó a decir que podía convertirse en uno de los mejores del mundo en su puesto. Johan Manzambi, con Suiza, jugó con una alegría desarmante: tres goles en cuatro partidos antes de caer lesionado, y un traspaso a Aston Villa por unos 50 millones de libras que confirmó el peso de su irrupción. En México, un mediocentro de 17 años, Gilberto Mora, terminó como titular, desprendiendo esa calma y claridad que se suele asociar a Luka Modric.

Noches imposibles de olvidar

El Azteca volvió a ser un personaje más del Mundial. En el México–Inglaterra, el ambiente rozó lo indescriptible: un estruendo constante, la interpretación del himno mexicano erizando la piel, una vibración que muchos veteranos de siete Copas del Mundo calificaron como la mejor atmósfera que han vivido.

En Boston, Paraguay firmó una de las tandas de penaltis más dramáticas que se recuerdan, eliminando a Alemania. Afuera, entre banderas y lágrimas, un padre y un hijo paraguayos definieron el día como el mejor de sus vidas. Esa mezcla de incredulidad y felicidad resume lo que un Mundial puede significar para un país entero.

Messi también dejó su sello desde el primer día: un hat-trick en su debut, mensaje claro de que no había viajado para despedirse con discreción, sino para empujar a Argentina hacia otro título. Y, de nuevo, Sidny Cabral irrumpió con ese gol al 103 ante la Albiceleste, un disparo desde la frontal que silenció a medio mundo antes de desatar el delirio de Cabo Verde.

El valor de los debutantes se vio también en la manera en que Cabo Verde obligó a Argentina a exprimir cada gota de energía. Un equipo pequeño, sin complejos, que jugó como si llevara décadas acostumbrado a estas alturas.

Sorpresas amargas y oportunidades perdidas

No todo fueron historias felices. Brasil se marchó del torneo con una sensación de fracaso profundo. Lenta, previsible, sin chispa, la selección de Carlo Ancelotti caminó por el Mundial sin encontrar identidad y se estrelló con justicia ante Noruega en octavos. “Un-Brasileña”, fue el veredicto más repetido.

Senegal, con la que muchos coincidían en señalar como la mejor generación de su historia, se despidió entre reproches internos. Ganaban 2–0 a Bélgica en dieciseisavos y parecían encaminar al menos un golpe de autoridad, pero errores tácticos y mala gestión del partido les costaron la clasificación. Una oportunidad desperdiciada para un grupo lleno de talento.

Escocia se quedó a las puertas de avanzar como tercera mejor clasificada, obligada a esperar días hasta ver confirmada su eliminación. Portugal, con Cristiano Ronaldo al frente y cartel de candidato, cayó 1–0 ante España en octavos. Tres goles en cinco partidos para el capitán, pero un equipo que nunca alcanzó el nivel que se le exigía.

Estados Unidos, anfitrión, arrancó con fuerza y una ola de optimismo que se fue desinflando entre la polémica en torno a Folarin Balogun y una salida gris ante Bélgica. Y la elección de la sede de la final también generó críticas: el MetLife Stadium, enorme pero frío y de acceso complicado, dejó a muchos con la sensación de que otra ciudad, como Philadelphia, habría ofrecido una experiencia más amable para el aficionado.

Francia, en semifinales, se apagó justo cuando menos se esperaba. España la superó con claridad ante una delantera francesa que se quedó sin respuestas. Brasil, bajo Ancelotti, también creyó que llegaría más lejos. No fue así.

Las hinchadas que marcaron el Mundial

En un torneo repartido por Estados Unidos, las aficiones se encargaron de llenar de identidad estadios que, por sí solos, son gigantes de acero y hormigón. México volvió a demostrar por qué se le considera una de las hinchadas más apasionadas del planeta. En Ciudad de México, la noche previa al duelo ante Inglaterra, un simple anuncio en un restaurante de que había ingleses entre los comensales desató un aplauso espontáneo. Calor, respeto y una devoción absoluta por la selección.

Curazao sorprendió en Philadelphia: una isla de 150.000 habitantes que pareció vaciarse para animar a su equipo con un ruido atronador. Brasil, fiel a su tradición, no solo tomó estadios, sino ciudades enteras. Philadelphia se transformó en una pequeña Rio o São Paulo durante 48 horas.

Colombia convirtió el Arrowhead Stadium de Kansas City en una fiesta de amarillo, rojo y azul ante Ghana. Noruega, por su parte, exportó su “Viking row”, una coreografía que se hizo viral. Después de los partidos, jugadores y aficionados se unían en esa especie de remero colectivo que llenaba las gradas de ritmo y complicidad. En Miami, los noruegos llegaron a cantar “You’re going home, you’re going home, England’s going home” cuando ganaban 1–0 a Inglaterra. Segundos después, Jude Bellingham empató. Fútbol en estado puro.

En Los Ángeles, la enorme comunidad mexicana convirtió cada partido del Tri en un carnaval. Fuegos artificiales tras las victorias, camisetas verdes por toda la ciudad, ruido constante. En el Azteca, la hinchada mexicana volvió a demostrar que allí late el corazón del fútbol en el país.

Y Argentina, cómo no, viajó en masa. En Miami y Kansas City, se registraron más de 60.000 aficionados argentinos en las gradas, tiñendo de celeste y blanco estadios enteros. Cantaron sin descanso, empujaron al equipo en los momentos de zozobra y dejaron claro que, mientras Messi siga en el césped, ellos no piensan faltar a la cita.

El Mundial se va, pero deja algo más que un campeón. Deja golazos imposibles, paradas que desafían la lógica, jóvenes que anuncian una nueva era y una certeza: mientras haya alguien dispuesto a cruzar medio planeta para cantar 90 minutos, este torneo seguirá siendo el escenario donde el fútbol escribe sus historias más grandes.

Lionel Messi y los grandes goles del Mundial