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Antoine Griezmann se despide del Metropolitano: perdón y redención

El Metropolitano no se vació tras el 1-0 a Girona. Nadie quería irse. No en una noche así. Antoine Griezmann, con los ojos vidriosos y el micrófono en la mano, se plantó en el centro del campo para cerrar un círculo que llevaba siete años abierto.

Había ganado el partido, había dado la asistencia del gol a Ademola Lookman, había firmado su partido número 500 con la camiseta del Atlético de Madrid y se marchaba como máximo goleador histórico del club. Pero lo que tenía clavado no eran los números. Era una decisión: aquellos 120 millones rumbo al Camp Nou.

El perdón que faltaba

“Gracias a todos por quedaros. Esto es increíble. Esto es importante”, arrancó el francés, consciente de que no era una noche cualquiera. No habló de títulos ni de estadísticas. Fue directo a la herida.

Volvió al verano de su marcha al Barcelona. A la polémica. A la fractura con una grada que hoy lo idolatra, pero que un día lo miró con recelo. “Sé que muchos ya lo habéis hecho, y algunos todavía no, pero pido perdón otra vez por irme al Barcelona. No me daba cuenta del amor que tenía aquí. Era muy joven y me equivoqué. Volví en mí y lo dimos todo para volver a disfrutar aquí”.

No buscó excusas. Llamó a las cosas por su nombre: error. Y la grada, que durante años lo fue perdonando gol a gol, hoy lo abrazó definitivamente.

Sin Liga ni Champions, pero con algo más grande

En el palmarés de Griezmann brillan la Europa League con el Atlético y, por encima de todo, un Mundial con Francia. Pero en la vitrina rojiblanca faltan las dos grandes obsesiones del club: LaLiga y la Champions League.

Él mismo lo puso sobre la mesa, sin esconderse: “No he podido traer una Liga ni una Champions, pero este amor vale más”. No son palabras vacías cuando vienen de alguien que se marcha con 212 goles y 100 asistencias, dueño de casi todos los registros ofensivos de la historia reciente del Atlético.

El estadio respondió con una ovación atronadora. No era el aplauso de la gratitud puntual. Era el reconocimiento a un futbolista que se fue discutido y regresa a la historia del club como leyenda indiscutible.

Simeone y Griezmann, una sociedad irrepetible

En la otra banda, Diego Simeone lo miraba con esa mezcla de orgullo y nostalgia que solo se reserva para los suyos. El técnico argentino no escatimó elogios: lo definió como “probablemente el mejor jugador que hemos tenido aquí”. En un club que ha visto pasar a figuras enormes, la frase pesa.

Griezmann recogió el guante y lo devolvió con la misma intensidad. Esta vez, el micrófono fue para el entrenador. “Gracias a ti hay tanta ilusión en este estadio. Gracias a ti me hice campeón del mundo y me sentí el mejor del mundo. Te debo muchísimo y ha sido un honor luchar por ti”.

No era un cumplido de cortesía. Bajo la dirección de Simeone, aquel extremo delgado que deslumbró en la Real Sociedad se transformó en un atacante total, capaz de asociarse, presionar, asistir y decidir partidos en cualquier escenario. Dejó de ser promesa para convertirse en referencia.

Un adiós con asistencia y número redondo

El guion de la noche pareció escrito a medida. Partido 500 con el Atlético de Madrid. Victoria por 1-0. Asistencia suya a Lookman para el único gol del encuentro. Y ceremonia final con el estadio entregado.

Su trayectoria en el club es, a estas alturas, una narrativa completa: llegó como un joven talentoso, se consagró como estrella, se marchó en medio del ruido, regresó entre dudas y terminó elevándose por encima de todo, a base de goles, trabajo y una honestidad que pocas veces se ve en la élite.

Lo que empezó siendo una relación rota terminó en una reconciliación profunda. No fue instantánea. Se construyó con noches europeas, con carreras hacia atrás para recuperar balones, con gestos como el de esta despedida.

Próxima parada: Orlando y la MLS

Aún le queda un último servicio: el cierre de temporada en el campo del Villarreal. Todo apunta a que volverá a vestirse de rojiblanco una vez más antes de cruzar el Atlántico.

El acuerdo con Orlando City está cerrado. Se marcha libre a Estados Unidos, rumbo a la MLS, a un nuevo capítulo lejos del Metropolitano. Allí llevarán sus números, sus títulos, su nombre. Lo que no podrá meter en la maleta es lo que más valor le da él mismo: la relación que ha reconstruido con la afición del Atlético.

Porque Griezmann se va con algo que no se compra ni se ficha: el cariño de un estadio que un día lo silbó y hoy lo despide como lo que ya es para siempre en la historia rojiblanca: una leyenda que supo equivocarse, volver y ganarse de nuevo cada aplauso.