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Dele Alli: El ascenso y caída de un talento excepcional

Antes de que la Premier League lo convirtiera en fenómeno global, Dele Alli ya era un problema serio para cualquiera que se cruzara con él en el fútbol de academias. En los campos de MK Dons, siendo apenas un adolescente, mandaba como si el juego le perteneciera. No era solo talento. Era una mezcla incómoda de poder físico, lectura del juego y una serenidad impropia de su edad.

Jordan Buck, exdefensa que lo sufrió de cerca, todavía lo ve con nitidez. Un cuerpo larguirucho, casi frágil a primera vista, pero con una forma de moverse que desmentía cualquier prejuicio.

“Era tan flaco, pero simplemente se deslizaba más allá de la gente”, recordó en declaraciones a talkSPORT. Un par de zancadas, un toque justo, un giro de cadera. Y el campo, de repente, se abría.

Un mediocampista con alma de motor de élite

Buck no lo compara con extremos eléctricos ni con regateadores de banda. Su referencia va a otra categoría: a los motores que han dominado el centro del campo en la élite. Mousa Dembélé. Yaya Touré. Futbolistas que no necesitaban fintas exageradas para atravesar líneas, que convertían metros en ventaja con una conducción limpia y poderosa.

Alli, en la academia, hacía algo parecido.

“Era solo un cuerpo alto, que sabía cuándo tocar el balón, cuándo mover su cuerpo. Y simplemente cortaba a través de los jugadores”, describe Buck. No arrancaba en la mediapunta, ni esperaba entre líneas. Bajaba hasta su propia área, pedía la pelota directamente al guardameta y empezaba a conducir. Desde su caja, atravesaba el centro del campo, y terminaba filtrando el último pase en tres cuartos.

Ese tipo de recorrido, de área a área, marcó la diferencia. No era un chico que viviera de un chispazo o de una jugada aislada. Era alguien que podía sostener una posesión, dirigir una transición, decidir un partido desde cualquier zona del campo. Por eso, cuando en 2015 Tottenham pagó 5 millones de libras por él, la operación tuvo algo de destino cumplido más que de apuesta arriesgada.

El asesino silencioso

En un entorno donde nombres como Ross Barkley llegaban a los partidos de categorías inferiores rodeados de ruido y expectativas, Dele Alli imponía otro tipo de presencia. No hacía falta el marketing. Bastaba verlo tocar el primer balón.

Para Buck y sus compañeros, el impacto fue inmediato.

“No tenía ni idea de quién era. Ese día, no tenía ni idea”, confesó sobre aquellos duelos de juventud. “Había este tipo alto y flaco que cogía el balón y empezaba a conducir a través de todos. Era irreal. Simplemente brillaba”.

Buck lo compara con Yann Gueho: misma sensación de que algo distinto estaba pasando cada vez que entraba en contacto con la pelota, aunque con otro matiz. Menos explosivo, menos errático, menos show. Más control, más impacto sostenido.

“Se encargaba de llevar el balón a lo largo de todo el campo. Y yo estaba en shock”, resume.

Ese chico que sorprendía a defensas incrédulos acabaría marcando voleas imposibles en Selhurst Park, castigando al Real Madrid en Wembley y siendo uno de los rostros jóvenes de un Tottenham que coqueteó con la cima de Inglaterra y de Europa.

De Wembley al vacío

La trayectoria, sin embargo, dio un giro brusco. Y duro.

Tras perder protagonismo y brillo en el Tottenham que lo había encumbrado, llegó el paso por Everton, un intento de reseteo que nunca terminó de cuajar. Después, la cesión al Besiktas en Turquía, otra parada que no logró reconectar al jugador con la versión que asombró a la Premier.

La última apuesta fue distinta. Un cambio de escenario, de exigencias, de contexto: el Como de Cesc Fàbregas. Un proyecto ambicioso, un entrenador que conoce el juego desde dentro y que, sobre el papel, podía entender y relanzar a un talento como el de Alli. El experimento duró poco. En septiembre, el club italiano rescindió su contrato.

Hoy, con 30 años, Dele Alli es un agente libre de alto perfil, sin equipo y con un interrogante incómodo colgando sobre su nombre. En el Tottenham se le comparó con la élite europea. Ahora, su realidad es otra: convencer a clubes escépticos de que su físico responde, de que su cabeza está preparada, de que aún queda fútbol en esas piernas que antes devoraban metros con una facilidad insultante.

El fútbol no espera. Cambia de ídolos, de narrativas, de referentes, a una velocidad implacable. El caso de Alli es un recordatorio crudo de esa lógica: lo que ayer parecía inevitable, hoy necesita prueba tras prueba.

El eco de otros talentos perdidos

Buck conoce bien ese territorio de talento desbordante que no siempre se traduce en una carrera lineal. En QPR, convivió a diario con otro futbolista que, en términos de calidad pura, jugaba en su propia dimensión: Adel Taarabt.

“Pude ver a Adel Taarabt de cerca, y era un monstruo. Es el mejor jugador que he visto en persona. Era ridículo”, relató. La descripción es casi hipnótica: un jugador que convertía el regate en rutina, el caño en gesto automático.

“Estaba absolutamente loco. Los caños eran por diversión. No hay nada que puedas hacer, ni lo intentes. Va a suceder. Lo mejor que puedes hacer es quedarte a un metro de él. Entonces simplemente dispara y marca, así que es perder o perder”.

En los campos de entrenamiento, lo llamaban su propio Ronaldinho. No por copiar gestos, sino por esa sensación de que todo lo que intentaba tenía un punto de genialidad y de descaro. “Teníamos nuestro propio Ronaldinho en el campamento haciendo cosas tipo Ronaldinho. Era una locura”, remató Buck.

Taarabt y Alli comparten algo más que anécdotas de vestuario: encarnan esa categoría de futbolistas capaces de hacer cosas que pocos pueden siquiera imaginar, pero cuya carrera no siguió la línea recta que el talento prometía.

Dele Alli, el adolescente que cruzaba el campo de área a área como si fuera un pasillo propio, está otra vez ante un punto de partida. No es el de MK Dons ni el de su debut en la Premier. Es más duro, más exigente, con menos margen de error. La pregunta ya no es qué podía llegar a ser. Es si todavía tiene tiempo —y entorno— para demostrar quién puede seguir siendo.